Las Máscaras — Libro del Escribiente

Índice

Se alterna el pasado y la crónica del año 812, en el orden en que el compilador los dejó.

  1. El umbralversículos sin autor
  2. Trigésima primera — El Perdón641 · registro y audiencias
  3. Las treinta de linajeregistro, primer modo
  4. Acta de la sesión tenida en Ansa812 · acta de sesión
  5. Razón de quién es el carbonero812 · cinco preguntas a siete personas
  6. De lo que pasó en la puerta de Turma587 · crónica desde la multitud
  7. De los tres días de Ubal812 · testimonio dictado
  8. Trigésima tercera — El Sordo703 · ficha con ley y caso
  9. Canto del carbonero de Pero812 · canto
  10. De la noche de Pero812 · declaraciones cruzadas
  11. Hoja de cotejo del canto812 · cotejo, y raspado
  12. Las treinta y una que se gananregistro, segundo modo
  13. Primera — La Sangre791 · genealogía
  14. De lo que pidió Teor de Ansa en el cuarto de arriba812 · transcripción a dos voces
  15. Aviso a la casa de Oren812 · formulario con acuse
  16. Razón de las once ciudades donde se canta812 · inventario
  17. Lo que mandó decir Bruna, de Nesa812 · carta dictada
  18. Del libro del granero común de Oria812 · libro de granero
  19. Las once perdidasregistro, tercer modo
  20. Septuagésima — El Silencioinscripciones, sin compilador
  21. Decimonovena — El Rehén758 · testimonio en primera persona
  22. Primera hoja del registro de la Tregua812 · hoja de registro
  23. Legajo de lo que entró en la casa del rey Ordas812 · legajo de cartas
  24. Cuadragésima cuarta — El Contador de Días776 · copia de un objeto
  25. Relación de las horas812 · relación de horas
  26. Las dos caras de una hoja813 · recto y verso
  27. La cuenta del horno de Pero812 · 813 · cuenta de horno
  28. Trigésima — La Coronaliturgia con rúbricas
  29. Los pregones de Marda813 · tiras de pregonero
  30. Vigésima octava — El que Cumple703 · 812 · inventario de ejecutados
  31. El canto de los sueltoscanto anónimo
  32. De lo que apareció en la tabla de Turma813 · la propagación de un aviso
  33. Los que llegaron813 · los setenta y dos renglones
  34. De lo que hizo cada una813 · relación de un día
  35. Lo que vio el hijo835 · solo las respuestas
  36. Los tres días813 · la lista de los nombres
  37. Del cuarto día813 · una cosa por renglón
  38. Asiento de la setenta y dos813 · asiento de registro
  39. De lo que vino despuésaño 97 de Pero · hoja cosida

El umbral

Lo que está escrito al principio de todas las copias, sin nombre y sin fecha.


Son setenta y dos.

De cada una hay una sola, y no hay dos de ninguna, y el que la lleva no tiene igual en el mundo.

No se sabe quién las hizo.

No se sabe por qué son setenta y dos.

El que diga que lo sabe, miente. Ha habido muchos.


A cada una le falta algo, y lo que le falta es su oficio.

Al Perdón le faltan los ojos, porque el que mira juzga y el que juzga ya no puede soltar.

Al Sordo le falta la boca.

Al que Camina le falta la mandíbula, porque no se detiene.

Al que Cumple no le falta nada, y no tiene nada: es la más anodina de las setenta y dos, para que ninguna familia recuerde la cara del que ejecutó a los suyos.

Al Rehén tampoco le falta nada, y se raja igual con los años, como una paz.


Treinta se heredan.

Treinta y una se ganan.

Once están perdidas, y las que se pierden no vuelven, salvo una que volvió dos veces.


Aquí, en todas las copias, hay una línea que no se entiende. Los copistas la copian igual porque está mandado copiar igual, y cada uno la copia distinta. Dice, en la copia más vieja que se conserva:

y la que fue puesta primero fue puesta sobre el que ⸢ ⸣ y por eso

Falta lo del medio. No falta porque se haya raspado: falta desde antes de que hubiera raspaduras.


Ninguna manda sobre otra.

No hay quién juzgue entre ellas. Cuando dos se encuentran en un mismo asunto se quedan quietas, y el asunto se resuelve solo o no se resuelve, y de eso no salen leyes: salen costumbres.

Al que lleva no se lo toca.

Al que lleva no se le pregunta el nombre.

Nadie llevó dos.

Se intentó destruirlas.


Y al final de todas las copias del registro, sin número y sin nombre, dibujada como un óvalo vacío, está la lisa.

De la lisa no está escrito nada.


(otra letra)

De la lisa está escrito esto: que la línea que no se entiende es de ella.

Trigésima primera — El Perdón

Del registro de la Casa. Asiento de la trigésima primera, y libro de audiencias del año seiscientos cuarenta y uno, que se copia entero porque de ese año se habló mucho y se sigue hablando.


Asiento

Materia. Olivo blanqueado por el uso, lisa en las mejillas, la boca abierta. Donde van los ojos la madera es entera: quien la lleva no ve. Está escrito que el que perdona no debe mirar lo que perdona, porque el que mira juzga, y el que juzga ya no puede soltar.

Modo. Segundo. Se gana. La elige la Casa. Sin linaje.

Potestad. Suelta a un hombre de cualquier deuda, de cualquier condena y de cualquier sangre, por encima de los jueces de las ciudades, de las casas y de los reyes. Al soltado se lo llama suelto: nadie puede cobrarle lo que hizo, y el que le levante la mano pierde su casa, su nombre y su oficio, y ninguna máscara lo recibe.

Tope. Uno por año, que es tope y no obligación. El año que se cierra sin darlo se cierra y el perdón se pierde con él. Nunca dos. Nunca prometido de antemano.

Prohibido. No a sí mismo. No a nadie de su sangre. No a otra máscara.

Forma de darlo. En persona, con la mano abierta sobre la nuca del que suelta.

De la escucha. No puede negarse a oír. Todo el que venga tiene derecho a ser oído entero, aunque el año esté dado y no quede nada. Se lo oye y se lo asienta igual.

Del silencio. No dice por qué lo dio ni por qué no lo dio, ni el día que lo da ni ningún día de su vida. Por eso en los libros de audiencias de esta máscara no hay columna de razón: se probó a ponerla cuarenta años y se quitó.

Se entrega con. La Cuenta: rollo de piel, largo como un hombre acostado, donde se asienta todo muerto que no habría muerto si el soltado hubiera cumplido su condena. La escribe la Casa; el que lleva el Perdón no escribe en ella ni puede pedir que se borre un nombre, y debe aprendérsela de memoria y decirla una vez al año en voz alta.

Vienen siempre. Se paran en las gradas los hijos y los nietos de los que están en la Cuenta, y no pueden tocarlo, pero pueden oír a un hombre con la cara tapada decir, uno por uno, los nombres de sus muertos.

Tenencia. Idur, el primero, del que no se conserva nada. Massena, treinta y ocho años. Corvo, dos meses. Bela la vieja, cuarenta y un años, treinta y nueve dados. Tarso, nueve años. Ledán, veintisiete años, uno dado. Y el que la lleva hoy, que tomó el nombre de nadie.


Libro de audiencias del año tercero de Ledán

Seiscientos cuarenta y uno de la Casa. Es el año del único perdón que dio en veintisiete.

Se lo eligió a los veintiséis y dijo que no la primera vez, como dicen todos. En su año primero oyó a ciento catorce y no soltó a ninguno: hasta él ninguno había cerrado un año sin dar. En el segundo oyó a ciento treinta y uno. Tampoco.

Este año hubo noventa y siete. Se copian en orden; los que no traen nada, juntos.

Primero y segundo. Una mujer de Larén, por su hijo, condenado por robo de ganado; y el hijo, traído al día siguiente para que hablara él. Oídos enteros. No dado.

Tercero. Un enviado de la casa de Vaila, por un primo. Trajo aceite, vino y una mula; se le devolvió todo y se lo oyó. No dado.

Cuarto al noveno. Oídos. No dado.

Décimo. Un hombre que vino a pedir el perdón del año siguiente. Se le leyó el tope y se lo oyó igual. No dado.

Undécimo. Un hermano de Ledán, por un hijo suyo. Se le leyó lo prohibido y se lo oyó igual: la escucha no distingue. No dado.

Duodécimo al vigésimo. Oídos. No dado.

Vigésimo primero. Un hombre que caminó cincuenta y un días y llegó dos días después de que colgaran a su hermano. Oído entero. No había a quién.

Vigésimo segundo al trigésimo. Oídos. No dado.

Trigésimo primero. Ovar, de las salinas, sin casa ni nombre de casa. Condenado a la horca por haber matado a un hombre por una discusión de agua, y por haberlo matado mal y delante de la familia.

No trajo razones ni dijo que estuviera arrepentido. Dijo lo que había hecho, en orden, sin sacar nada, y se quedó callado.

Se asienta la única pregunta de los noventa y siete asientos de este año: si tenía a alguien.

Declaró Ovar que tenía una hija de cuatro años, que la madre había muerto, y que si lo colgaban la chica quedaba para la casa de los que él había ofendido, que es la costumbre.

Dado, en persona, con la mano abierta sobre la nuca, delante de dos copistas.

Sin razón asentada.

Trigésimo segundo al nonagésimo sexto. Sesenta y cinco. El primero de ellos llegó esa misma tarde, cuando afuera todavía no se sabía. Oídos enteros y asentados uno por uno, todos con la misma línea: no queda.

Nonagésimo séptimo. Una mujer de los campos de Turma, el último día del año, que declaró que sabía que no quedaba nada y que venía a que quedara asentado igual. Oída entera. No queda.

Pidió que se le leyera lo asentado de ella, y se le leyó, y se fue.


De Ovar consta que se fue al norte con la hija, que trabajó en un molino y que murió viejo.

De Ledán consta que se le preguntó por qué durante veinticuatro años —dos casas que dejaron de recibirlo, un rey por escrito, otra máscara de noche y sin testigos— y que no contestó ninguna vez.


Hoja añadida al asiento

Año seiscientos cincuenta y dos de la Casa. Año de hambre.

Sela, hija de Ovar, quince años, sin oficio, empujó a una mujer en una escalera por una bolsa de grano. La mujer se golpeó la cabeza y murió esa noche. Se llamaba Amira y tenía treinta y siete años.

Se discutió si el nombre correspondía a la Cuenta de Ledán, porque la que empujó no era el soltado sino su hija.

Se resolvió que sí, por un voto, y se asentó la fórmula que se usa desde entonces: que si el padre hubiera sido colgado, la hija habría quedado para la casa de los ofendidos, y en esa casa no habría habido escalera ni bolsa de grano.

La Cuenta pasó de cuatrocientos ochenta y ocho nombres a cuatrocientos ochenta y nueve.

Ninguno de los cuatrocientos ochenta y nueve lo puso él.


Ese año dijo la Cuenta entera en las gradas, y dijo el nombre de Amira en su lugar, que era el último, y no cambió la voz.

Está asentado que esa noche no comió. Lo asentó el que le llevaba la comida.

A la mañana oyó a los que habían venido. Eran seis.

Llevó la máscara trece años más.


Nota. El libro de audiencias del año tercero de Ledán es el más copiado de cuantos guarda la Casa. Se copia en las ciudades, se cuelga en las puertas y se vende falso en los caminos.

En casi todas las copias falsas, el asiento trigésimo primero trae una razón escrita debajo.

Cada copia trae una distinta.

Las treinta de linaje

Nombre, potestad y talla, como está en el registro. El número es fijo y no se cambia.

--- Se heredan dentro de una casa. Las más antiguas y las más rígidas. Nadie las gana: se nace cerca de ellas o no se las toca nunca.

1. La Sangre — dice quién pertenece a una casa y quién no. Hace y deshace familias. Olivo tan viejo que es casi negro. La boca abierta y grande, y donde van las orejas la madera es lisa, sin hueco ni pliegue.

2. El Umbral — mientras está adentro de una casa, nadie puede entrar por la fuerza. Hecha con la madera de la puerta de una casa que ya no existe. Tiene un agujero de clavo en la frente y está prohibido rellenarlo.

3. El Fuego Viejo — guarda el fuego que no se apagó nunca. Todo hogar nuevo se enciende de él. Quemada por dentro y entera por fuera. Huele a humo y no dejó de oler nunca.

4. La Tierra Medida — fija los límites de los campos. Lo que marca no se discute. Tiene una cuadrícula finísima grabada en la frente. Se apoya en el suelo para medir y por eso está gastada en los bordes de abajo.

5. El Agua — reparte los ríos entre los pueblos en año seco. Es la única de las setenta y dos que flota.

6. El Camino — mientras camina, el camino es suyo: nadie cobra peaje ni cierra paso. Es media máscara: cubre de la nariz para adelante y no tiene nada atrás. No es el que Camina, que es otra y se gana.

7. La Guerra — la única que puede declararla. Sin ella no hay guerra, hay crimen. Encina, y pesa. Los ojos son chicos y están más juntos de lo que van los ojos de un hombre. Se abrocha con dos correas porque una sola se cortó una vez.

8. La Tregua — la detiene. Nadie puede negarle tres días. Tilo. Es la más liviana de las setenta y dos, y por eso se puede llevar puesta muchos días de camino.

9. El Hierro — permite o prohíbe forjar armas nuevas. La única que no es de madera. Es de hierro, pesa lo que pesa, y deja marca en la cara.

10. El Grano — abre y cierra los graneros comunes en el hambre. El hueco de adentro está tallado a medida exacta y sirvió de medida durante cuatrocientos años.

11. La Sal — sin su sello no cruza caravana. Blanca de sal por dentro, y la sal no se lava. Es la única que se está gastando.

12. El Ganado — cuenta los rebaños y cobra la parte de las casas. Cubierta de muescas de conteo por todas partes, hechas por manos distintas y sin orden.

13. La Moneda — dice cuánto vale una moneda este año, y por decirlo, los vale. Tiene una moneda incrustada en la frente, de un cuño que nadie reconoce.

14. El Peso — guarda las pesas verdaderas. Toda medida se compara con las suyas. Es la más pesada de todas, y su peso es una de las medidas: si pesara distinto, el mundo mediría mal.

15. La Deuda — puede pasar una deuda de una casa a otra. Está partida y remendada con grapas de plomo. Cada grapa se puso el año de una deuda.

16. La Herencia — divide lo que dejan los muertos. Se abre en dos mitades por una bisagra, y las dos mitades sirven igual.

17. El Techo — obliga a una casa a hospedar a quien él señale. Tiene una teja atada en la coronilla, y la teja se cambia cuando se rompe.

18. La Puerta de la Ciudad — abre y cierra. Ni el rey entra si ella no quiere. Es del tamaño de un escudo chico y no se lleva puesta: se sostiene delante de la cara con un asa que tiene por dentro.

19. El Rehén — vive en la casa del enemigo como garantía de una paz. Si lo matan, la paz se rompe. Madera verde sin curar. Se raja despacio con los años y hay que untarla con aceite dos veces al año.

20. La Cosecha — dice el día en que se siega. Nadie siega antes. Los ojos están tallados mirando hacia abajo. Huele a trigo.

21. La Semilla — guarda las semillas de las que se sembró siempre. Es hueca y suena cuando se la mueve. No se abre.

22. La Peste — declara la cuarentena y cierra pueblos enteros. La nariz es larga y está perforada con agujeros pequeñísimos. Adentro se ponen hierbas.

23. El Muerto — dice cuándo un hombre está muerto. Sin su palabra no se entierra a nadie. Es la única con los ojos tallados abiertos y sin párpados.

24. La Viuda — mientras viva, ninguna mujer puede ser echada de su casa. Negra y entera. Dos agujeros a la altura de la boca, para que se le oiga, y nada más.

25. El Huérfano — les da nombre a los que no tienen ninguno. Es la más chica de las setenta y dos y le entra a un chico de ocho años. Se lleva igual de adulto, y aprieta.

26. La Ley Vieja — recuerda las leyes que ya nadie escribió. Está escrita por dentro, en una letra que ya no se lee, y por eso se enseña de memoria lo que dice que dice.

27. El Juez — juzga lo que las casas no pueden juzgar entre sí. Los dos ojos son iguales, hechos con el mismo molde, y eso no ocurre en ninguna otra de las setenta y dos.

28. El que Cumple — ejecuta las sentencias. Nadie más puede. La más anodina de las setenta y dos, para que ninguna familia recuerde la cara del que ejecutó a los suyos. Nadie la reconoce de un año para el otro.

29. La Palabra Dada — hace cumplir las promesas entre casas. Por dentro están grabadas las promesas de ochocientos años, tan apretadas que se superponen y ya no se distinguen.

30. La Corona — corona a los reyes. Sin ella nadie es rey, y ella no manda nada. Pino sin pintar. Es la más barata de las setenta y dos y no se le puso nunca ni una gota de color.

Acta de la sesión tenida en Ansa

Año ochocientos doce de la Casa, a nueve días de la muerte de Ilder, que llevó la Tregua.


Presentes: Ura, que preside. Belmar. Tesa. Dos copistas de la casa menor, mandados salir antes del punto tercero. Y el que esto anota, que fue llamado a las cuatro de la tarde y no supo para qué hasta que entró.

La sesión se tuvo con las puertas cerradas y sin aviso previo, cosa que en ochocientos doce años se hizo catorce veces.

Se hace constar que esta acta no se encargó a los copistas de la Casa sino al que lleva el Escribiente, que no es de la Casa y no puede cambiar una palabra, porque de esta sesión va a pedirse cuenta.


Primero. De lo que se fue a buscar.

Ilder, de la casa de Ansa, que llevó la Tregua treinta y un años, murió el primer día de este mes, de vejez y en su cama, con sus dos hijos presentes.

Los dos hijos entraron en la Casa hace veintiséis y veintidós años, y son de los que no llevan, porque el que entra en la Casa firma de por vida que no llevará ninguna, y eso no se deshace. Por eso ninguno de los dos puede tomar la máscara de su padre. Ninguno de los dos fue citado a esta sesión.

El linaje pasa entonces al nieto mayor, Teor, de diecinueve años, que es el único de la casa de Ansa en condiciones de tomarla, y que estaba avisado y esperando desde el día de la muerte.

Se mandó a Tesa a asistir al lavado y a custodiar la máscara los tres días que manda la ley, y a traerla al cuarto.

Tesa llegó a la casa de Ansa a la mañana del segundo día.

La Tregua no estaba.

Segundo. De lo que declaró la familia.

Declaran los dos hijos de Ilder, por separado y sin haberse hablado, y las dos declaraciones coinciden en todo salvo en la hora.

Que su padre murió de noche. Que lo velaron. Que a la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, se presentó en la casa un hombre a caballo que dijo venir por la máscara.

Que ese hombre llevaba máscara puesta, y por eso lo dejaron entrar y por eso no lo tocaron ni le preguntaron el nombre, que es lo que corresponde.

Que estuvo dentro el tiempo de contar hasta cien. Que la máscara estaba sobre el pecho de su padre, porque era el segundo de los tres días, y que el hombre la levantó de ahí delante de ellos. Que salió con la Tregua en las manos, sin envolverla. Que montó y se fue por el camino del sur.

Preguntados si la Casa lo había mandado, declaran los dos que saben que la Casa no manda a un enmascarado a recoger una máscara, y que sabían que faltaban dos días para el cuarto, y que igual no lo tocaron ni le preguntaron el nombre, porque no se puede.

Declara el mayor que le dijo, cuando ya estaba montado, que aquello no se hacía.

Declara que el hombre le contestó que tenía razón.

No cometieron falta. La ley no obliga a preguntar y prohíbe tocar.

Y una máscara se levantó del pecho de un muerto al segundo día de los tres, y no consta que eso se haya hecho nunca.

Tercero. De lo que se encontró después.

A los seis días, en la aldea de Pero, a media jornada al sur de Ansa, un hombre llamado Damo, de oficio carbonero, cuarenta y cuatro años, casado, sin tierra, apareció con la Tregua puesta.

Fue traído por dos hombres de la casa de Ansa, que declaran haberlo encontrado sentado a la puerta de su casa, con la máscara puesta y las manos sobre las rodillas, y que no opuso resistencia y que lo primero que dijo fue: "¿Vienen ustedes a explicarme?"

No se le pudo tomar declaración con la máscara puesta, porque no se puede obligar a un enmascarado a quitársela, y aquí se hace constar que Belmar propuso obligarlo y que la presidencia lo impidió, y que el que anota lo escribe porque se dijo delante de siete personas.

Se le tomó declaración con la máscara puesta.

Cuarto. De lo que declaró Damo.

Que hace once días, de noche, se le presentó en el camino un hombre a caballo.

Que ese hombre llevaba máscara y que él nunca había visto una de cerca en su vida.

Que le preguntó si era Damo, hijo de Sana, de Pero, y que él dijo que sí.

Preguntado si le vio las manos, declara que sí, porque el hombre le puso la máscara en las manos, y que las tenía manchadas de negro en tres dedos de la derecha, y que él pensó que era carbón como el suyo, y que no era, porque el carbón se pasa a lo que se toca y aquello no se pasó a la madera.

Que el hombre bajó del caballo, le puso la Tregua en las manos y le dijo estas palabras, que él repite y que la presidencia le hizo repetir cuatro veces sin que cambiara ninguna:

"Esto es tuyo desde ahora. No hiciste nada para merecerlo y nadie va a poder quitártelo."

Que él preguntó qué tenía que hacer, y que el hombre le contestó que lo que hacía la Tregua ya lo sabía todo el mundo, y que lo iba a aprender igual que lo aprendieron los otros.

Que le preguntó quién era.

Y que el hombre no contestó, y montó, y se fue por donde había venido.

Preguntado Damo si sabe lo que es la Tregua, declara que sí, que la conoce como la conoce cualquiera: que puede detener una guerra y que nadie puede negarle tres días.

Preguntado si sabe que la Tregua es de linaje y que pertenece a la casa de Ansa desde hace cuatrocientos años, declara que ahora sí, que se lo acaban de decir esta mañana.

Preguntado por qué no la devolvió, declara: "¿A quién?"

Quinto. De la máscara del desconocido.

Se le pidió a Damo que describiera la máscara del hombre del camino, y lo mismo se les pidió a los dos hijos de Ilder, por separado, y las tres descripciones coinciden:

Madera clara, sin pintar. Los ojos tallados cerrados. La boca abierta.

Se buscó en el registro una máscara con esos rasgos.

Ninguna de las sesenta y una que están en uso o vacantes corresponde a esa descripción.

En el tercer modo, entre las once que se dan por perdidas, hay una sola línea que corresponde, y es la setenta y dos.

Sexto. De lo que no puede hacerse.

Se discutió largo y se deja constancia, porque la casa de Ansa va a preguntar y hay que tener qué contestarle.

No puede quitársele la máscara. No por piedad: porque el día en que la Casa le arranque una máscara a un hombre, quedará dicho delante de todos que una máscara se arranca. Y si se arranca, mañana se le arranca al Juez, y al Grano, y a la Corona. Sostenemos setenta y dos objetos con una sola cosa, y esa cosa es que nadie los toca.

No puede juzgársele. No hay delito. No robó, porque se la dieron. No mintió, porque tres declaraciones separadas coinciden con la suya. Y aunque hubiera delito, no hay tribunal: a un enmascarado no lo juzga la justicia de las ciudades, y entre máscaras no hay quién juzgue a quién.

No puede desmentírsele. Para decir públicamente que ese traspaso es falso habría que decir públicamente por qué, y decir por qué es decirle al mundo que hay alguien repartiendo máscaras.

Se hace constar que Belmar preguntó entonces qué es lo que sí puede hacerse, y que nadie contestó durante un rato largo, y que la presidencia dijo al fin que se puede esperar.

Séptimo. De lo resuelto.

Se resolvió, por dos votos contra uno:

Que no se haga público nada de lo aquí tratado.

Que se le diga a la casa de Ansa que el traspaso está en estudio y que la máscara será recuperada.

Que a Teor de Ansa no se le diga nada que no se le diga a su casa.

Que Damo quede en Ansa, alojado y vigilado, sin impedirle salir, porque impedírselo sería tocarlo.

Que se manden hombres al camino del sur.

Y que se busque en las bocas de atrás del registro todo lo que haya sobre la setenta y dos, cosa que se me encargó a mí.


Nota del que anota.

Se me encargó buscar y busqué esa misma noche.

El tomo de las bocas de atrás se guarda cerrado y hay que pedirlo, y el que lo pide firma. Firmé.

Arriba de mi firma había otra, de nueve días antes, y era de un copista, y los copistas no firman para pedir lo que copian todos los días. Lo anoto porque estaba escrito y porque copio lo que está.

Sobre la setenta y dos hay en el registro cuatro palabras, escritas hace más de seiscientos años, con una letra que no es la de ninguno de los escribientes que conocemos, y que dicen:

El Heredero. Se perdió y nadie la buscó.

Y debajo, en el margen, con otra letra y en otra tinta, alguien agregó en algún momento de estos seiscientos años una línea más, que no estaba cuando se copió el registro por última vez y que yo no puedo borrar, porque no me está permitido cambiar nada:

No se perdió.

Razón de quién es el carbonero

Año ochocientos doce de la Casa, mes primero, a doce días de la muerte de Ilder. Mandada hacer por Belmar, de la Casa de las Caras, mientras el hombre estaba alojado y vigilado en Ansa.

Se mandaron cinco preguntas a Pero y se preguntó a siete personas por separado. Se copian las respuestas debajo de cada pregunta y en el orden en que volvieron.

No se le preguntó a él.


Primera. Qué hace y desde cuándo

Carbón. Tiene dos hornos de tierra en el monte de arriba, a una hora, y baja dos veces por semana con lo que puede cargar.

Empezó a los doce años, con el padre, que se llamaba Tolmo y que se murió en el monte y no se sabe de qué.

Su madre se llamaba Sana. Amasaba. Se murió hace once años.

Vende en Ansa y en Pero, y en Ansa le pagan menos y va igual porque en Ansa le compran todo.

Odo, que lleva el horno, hace constar que el carbón del horno de Pero es de él desde hace veintidós años y que nunca lo cobró.


Segunda. Qué tiene

No tiene tierra. El monte donde quema es de la casa de Ansa y le dejan quemar porque siempre lo dejaron.

La casa donde vive es de la mujer, y la mujer es de la casa de Oren, y él está anotado ahí.

Tiene una mula. Tiene dos hornos. Tiene un hacha que era del padre.

No debe nada a nadie en Pero y eso lo dijeron los siete sin que se les preguntara.


Tercera. Con quién vive

Con Sira, de la casa de Oren, con la que casó hace diecisiete años, y con un hijo de diez.

De la mujer dicen los siete lo mismo con distintas palabras: que amasa para media aldea, que no habla, y que si se le pregunta algo contesta y no dice más.

De cómo se casaron dicen dos cosas distintas. Cinco dicen que ella se fue de la casa de Oren y vino. Dos dicen que la mandaron. Se anotan las dos.


Cuarta. Qué se le conoce

Se le conoce que en el año ochocientos siete hubo fuego en el monte de arriba y que él fue el que avisó, y que estuvo tres días apagando con los otros, y que ese año no vendió.

Se le conoce que tiene un banco en la puerta y que se sienta ahí a la tarde.

Se le conoce que le enseñó el oficio a dos muchachos de Pero que no son suyos, y que a uno lo dejó usar un horno un invierno entero.

Se le conoce que no sabe leer y que no lo esconde.

Se le conoce que fue una vez a Arca, hace catorce años, a pedir por la mujer, que estaba de parto y en riesgo, y que durmió dos noches en la puerta y que no se lo recibió y se volvió.

Eso lo dijeron seis de los siete. El séptimo dijo que fueron tres noches.

Y dijeron cuatro de los siete, sin que se les preguntara, que desde hace días hay un muchacho bien vestido parado del otro lado del camino, que no come nada de lo que se reparte y que no le habla a nadie, y preguntaron si era de la Casa.

Se les contestó que la razón no contesta preguntas.


Quinta. Qué se le tiene

Nada.

No hay pleito contra él en Pero ni en Ansa, no hay deuda asentada, no está en el inventario del que Cumple ni en ningún libro de audiencias, y no hay nadie en Pero que diga que le hizo algo.

Se preguntó expresamente si alguna vez había levantado la mano contra alguien.

Contestaron los siete que no.

Uno agregó que una vez le pegó a un perro y que después lo curó, y pidió que eso no se anotara, y se anota porque lo que se pide no anotar se anota.


Y esto, que es lo que me toca.

Esta razón la levanté yo y la pagó la Casa, y se me pidió que la trajera entera y sin resumir.

La leyó Belmar delante de mí y la volvió a leer, y devolvió la hoja con una línea tachada abajo, del otro lado, que él mismo había escrito y que él mismo tachó.

La tacha es de un solo trazo y la línea se lee al trasluz. La copio porque estaba escrita en la hoja que se me devolvió, y no la comento.

¿Sabe él lo que le dieron?

Y después preguntó una sola cosa en voz alta, y fue si el padre del carbonero había llegado a saber que el hijo iba a seguir con el monte.

Contesté que eso no está en la razón.

Dijo que estaba bien, y que no lo agregara.

De lo que pasó en la puerta de Turma

Crónica del año quinientos ochenta y siete de la Casa. Recogida de los que estaban ahí, que se contradicen en casi todo menos en lo que importa.


La Puerta de la Ciudad estaba cerrada desde hacía nueve días, porque la Peste había pasado por Turma en primavera y había dicho lo que dice, y lo que dice la Peste no se discute: se cierra, y no entra ni sale nadie hasta que ella lo levante.

De eso nadie se quejó. Los que estábamos afuera éramos gente de los campos, con carros, con animales, esperando que abrieran, y sabíamos por qué estaba cerrado y ninguno quería entrar.

Y a la mañana del noveno día vino por el camino del norte el que Camina.

Se lo reconoce de lejos y no por la máscara: por el paso. Los que llevan esa máscara caminan distinto de todos, con el cuerpo un poco adelante, como el que va a caer para adelante y no cae nunca. Traía el bolso cruzado en el pecho, cerrado con dos nudos y sellado en cera, y no traía nada más.

Subió los treinta escalones sin apurarse. La gente se abrió y algunos se sacaron el sombrero.

Y arriba, del otro lado, con las hojas trancadas y ocho hombres al costado, estaba la Puerta.


Lo que se dijeron esa mañana lo escuchamos todos, porque los dos hablaron fuerte para que quedara oído, que es lo que se hace cuando dos máscaras se encuentran en un asunto.

El que Camina dijo que llevaba un mensaje para Turma, que nadie podía detenerlo, que estaba escrito desde antes de que hubiera ciudades, y que abriera.

La Puerta dijo que la ciudad estaba cerrada por la Peste, que nadie entra ni sale, que estaba escrito desde antes de que hubiera caminos, y que no abría.

El que Camina dijo que él no venía a discutir una ley con otra ley: que tenía un mensaje y que iba a entrar.

La Puerta dijo que lo entendía, y que si entraba lo iban a dejar entrar, porque tocar al que lleva máscara es lo que es. Y que después la ciudad quedaba abierta, y que la peste sale por donde entra un hombre, y que eso también lo entendía él.

Y después no dijeron nada más, y eso duró cuatro días.


Ninguna manda sobre otra.

No hay a quién ir. No hay juez arriba de ellos, ni rey, ni casa, ni Casa. Y por eso se quedaron.

El que Camina no se sentó. Ése es el punto que después contaron mal en las canciones: no se sentó ni la primera noche ni la segunda ni la tercera ni la cuarta, porque el que Camina no se sienta hasta que entrega, y eso no es una ley escrita sino una costumbre, y hay costumbres que aprietan más que las leyes.

Le alcanzamos agua. Comió de pie, que es fácil para él porque la máscara le termina arriba de la boca y no tiene mandíbula: los que la tallaron sabían lo que hacían.

La Puerta tampoco se movió. Del otro lado se la oía cambiar el peso de un pie al otro.

Al segundo día, los de adentro empezaron a hablarnos por encima del muro. Preguntaban qué decía el mensaje. Nosotros no sabíamos. Ellos tampoco.

Al cuarto día alguien de adentro gritó que ya se habían muerto cuarenta, y que si el mensaje era algo de la peste, que por favor.

El que Camina no contestó. No podía contestar: no puede abrir lo que lleva. Ni él.

Y ahí está lo que a nosotros nos partió la cabeza, y lo digo como lo pensamos todos al mismo tiempo, sin decírnoslo: que el hombre que estaba parado ahí con la salvación en el pecho no sabía si era la salvación, porque no tenía derecho a saberlo.


A la mañana del quinto día, el que Camina se dio vuelta y se fue por donde había venido.

No lo entregó. Bajó los treinta escalones con el mismo paso, cruzó entre los carros sin mirar a nadie, y agarró el camino del norte.

Hubo quien lo escupió. Hubo quien se puso a llorar. Y hubo una mujer, de las que esperaban con carro, que le gritó una cosa que se repitió mucho después y que a mí me quedó: le gritó que se volviera a su casa, que ahí adentro había gente.

Él siguió caminando. El que Camina siempre sigue caminando; para eso está.

En Turma se murieron cuatrocientos once ese verano.


El mensaje se supo dieciocho meses más tarde, cuando el bolso se abrió en su destino, porque el que Camina volvió a Turma con la ciudad abierta y lo entregó, como está mandado, porque para el que Camina no hay mensaje vencido.

Lo mandaba el consejo de Aris, que había tenido la peste el invierno anterior, y decía tres cosas. Que hirvieran el agua. Que sacaran a los enfermos a las carpas de afuera y que los cuidara gente que ya la hubiera pasado. Y que no quemaran las casas, que no servía de nada y dejaba a la gente en la calle.

En Turma habían quemado ciento veinte casas.


De aquello no salió ninguna ley nueva. Se juntó la Casa de las Caras, se discutió dos años, y no se cambió nada, porque para cambiar algo habría que decir cuál de las dos máscaras vale más, y eso no se puede decir.

Lo que salió fue una costumbre, y las costumbres no las hace nadie.

Hoy, en cualquier ciudad cerrada de este lado del mundo, hay clavada al lado de la puerta una tabla de madera con un carbón atado con un cordel, para el que llegue y no pueda entrar.

Se la llama la tabla de Turma. La usan los carreteros, los parientes, los que traen noticias de un muerto, y una vez por año, si pasa por ahí, la usa también el que Camina, que se para, escribe tres palabras y sigue.

No está escrito en ningún lado que pueda hacerlo. Tampoco está escrito que no.

De los tres días de Ubal

Testimonio de Rean, de la casa de Ubal, tomado en Pero el mismo día y sin corregirle nada. Año ochocientos doce de la Casa, a veintiséis días de la muerte de Ilder.


Fui yo el que fue a pedir.

Mandaron a otro primero, un hombre de la casa que se llama Oro y que tiene mejor cabeza que yo, y volvió a los dos días sin haber hablado. Dijo que no había podido. Le preguntamos qué quería decir eso y no lo explicó, y después de ir yo lo entendí y no se lo pregunté más.

La guerra la declaró la Guerra hace catorce meses, en la puerta de nuestra casa y con las dos casas delante, como se hace, así que es guerra y no crimen. Contra la casa de Nera. El motivo no lo voy a decir aquí porque el que anota me dijo que anote lo que pasó y no lo que se piensa, y porque el motivo ya no lo sostiene nadie de los que quedamos.

Llevamos ochenta y seis muertos. Ellos llevan cuarenta.


En mi casa se discutió cuatro días si pedirla, y lo digo porque después se contó que fuimos sin pensar.

Se pide una sola vez en cada guerra. Una. El que la gasta no la tiene más y la guerra sigue.

Los que saben de guerra querían guardarla para el vado de Nera, que es donde esto va a decidirse, y decían que tres días en un vado es una guerra ganada. Tenían razón y siguen teniendo razón.

La pedimos para levantar del campo a nuestros muertos, que estaban ahí desde la primavera, y para cambiar prisioneros.

Elegimos eso. Yo levanté la mano por eso.


En Ansa me dijeron que estaba en Ansa. No estaba. Se había vuelto a su casa y no habían podido impedírselo.

A Pero se llega en media jornada desde Ansa y en cuatro desde lo nuestro. Es una aldea de treinta y una casas y no tiene muralla. Pregunté por el carbonero y me señalaron la última, que se conoce de lejos porque el humo no sale por el techo sino por un costado.

Yo esperaba encontrar gente. Guardias de la Casa, curiosos, gente rezando en el camino. Había un hombre de Ansa sentado a treinta pasos, comiendo pan, que me mira y no se levanta.

Del otro lado del camino, parado, había un muchacho de unos veinte años, bien vestido, que no comía y no hacía nada. Estuvo ahí las horas que estuve yo. Después me dijeron quién era.

La puerta estaba abierta. Adentro había una mujer amasando y no dejó de amasar.

Y él estaba sentado en un banco, con la máscara puesta y las manos sobre las rodillas.

Las manos las tenía negras hasta la mitad del antebrazo, del carbón.

Yo mandé cuarenta hombres en Ubal y sé mirar manos. Las de él eran mejores que las mías.


Me quedé en la puerta como se debe y dije lo que se dice.

Dije mi nombre y mi casa. Dije que veníamos de catorce meses de guerra declarada. Y después dije los muertos, que es la parte que hay que decir en voz alta y de pie, y que yo había practicado en el camino cuatro días para no equivocarme.

Dije: ochenta y seis.

Él no dijo nada.

Esperé lo que se espera y volví a decir que eran ochenta y seis, más fuerte, porque pensé que no me había oído bien con la madera.

Y entonces me preguntó, y ésta fue la primera cosa que me dijo en su vida:

—¿Cómo se llaman?

Le dije que no entendía.

—Los ochenta y seis. Cómo se llaman.


Empecé por los de mi sangre, que son tres, y los dije bien. Después los de las casas nuestras, que me sé porque estuve en los entierros. Después seguí.

Dije once.

Me paré en once y no me salió el doce, y me quedé ahí parado en la puerta de un carbonero, con el sol en la espalda, buscando el doce.

Le pregunté si eso lo tenía que saber.

Y me dijo que no, que a él tampoco se lo había preguntado nadie, y que a él le habían dicho que la Tregua lo iba a aprender igual que lo aprendieron los otros, y que lo estaba aprendiendo.

Después me preguntó cuántos días de camino hay de Ubal a Nera. Le dije: dos y medio. Me preguntó si hay agua en el medio. Le dije que hay un pozo a la altura de las piedras blancas y que está de nuestro lado. Me preguntó qué come la gente de Nera este año.

Le dije que no sabía.

Y me preguntó qué comía la gente de Ubal, y eso sí lo sabía y se lo dije, y él asintió con la máscara, que es una cosa que no se acostumbra a ver.

No me dijo si venía. Me dijo que volviera al camino y que esperara, y esperé hasta la noche, y a la noche salió la mujer y me dio de comer sin hablarme.


A la mañana salió con la máscara puesta y una manta doblada bajo el brazo, y empezó a caminar.

No tiene caballo. Le ofrecí el mío cuatro veces y las cuatro dijo que no, y no dijo por qué, y al segundo día dejé de ofrecerlo y bajé y caminé al lado.

El hombre de Ansa nos siguió. El muchacho bien vestido también, atrás, a cien pasos, todo el camino, y no se acercó nunca.

Tardamos cuatro días en llegar a lo nuestro. Un hombre de cuarenta y cuatro años que trabaja el carbón camina más que un hombre de casa, y esto lo escribo porque me hizo quedar mal delante de los míos y prefiero decirlo yo.


Al campo llegamos a media mañana del quinto día, con los dos frente a frente desde el amanecer.

Yo no sé lo que él pensó. Sé lo que hizo.

Bajó por el borde, cruzó nuestra línea sin mirar a nadie, salió al medio del campo, caminó hasta que estuvo a la misma distancia de los dos, y se paró.

Después dio media vuelta despacio, una vez entera, para que lo vieran las dos líneas.

Y se quedó.


No hubo grito, ni orden, ni corneta. Lo que hubo fue que se callaron.

Primero los nuestros, que estaban más cerca. Después los de Nera. Después los caballos, que se callan cuando se callan los hombres.

Nadie se arrodilló. Eso lo cuentan mal los que no estaban. Lo que hicieron ochocientos hombres fue callarse y bajar las armas y quedarse mirando a un carbonero parado en un campo de trigo pisado.

Y después nuestro capitán mandó plantar las lanzas en la tierra, que es lo que se hace, y los de Nera plantaron las suyas, y ahí ya estaba hecho.

Las lanzas se plantan para que se vea de lejos que están plantadas.

El que las tenga en la mano estos tres días ya no está en una guerra, y eso lo sabe él y lo saben los que tienen pacto con él, y esos se van a la mañana y no vuelven. Y después no hay caravana que le cruce, ni granero que le abra, ni herrero que le forje, y el día que haya que coronar a su hijo se van a acordar.

Tres días. Nadie puede negárselos.


Los tres días se pasan y no hay nada que contar de ellos, y sin embargo son los tres días que más voy a recordar de mi vida.

Se cargaron los muertos. Se cambiaron catorce prisioneros por nueve. Se dejó pasar a las mujeres de Nera al pozo de las piedras blancas, que es nuestro, y nadie cobró nada, porque a nadie se le ocurrió cobrar delante de él.

Él durmió las tres noches en el medio del campo, envuelto en la manta, solo.

La primera noche fui a llevarle agua y estaba sentado, despierto, con la máscara puesta.

Le dije que no sabía cómo agradecerle.

Y me dijo:

—Averigua los otros setenta y cinco.

Y no me dijo nada más en tres días.


Al cuarto día, al amanecer, se levantó, dobló la manta y se fue caminando por donde había venido.

La guerra se reanudó esa mañana, porque son tres días y no cuatro, y ese mismo día perdimos once hombres más.

Yo sé los nombres de los once.


Nota del que anota.

Este testimonio se tomó en Pero, ocho días después, porque hasta Pero fue Rean de Ubal a buscarlo para dictarlo, y dijo que quería que quedara escrito antes de que se contara de otra manera. Ya se contaba de otra manera.

Yo estuve en el campo. Lo que dice de las lanzas y del silencio es como fue.

En las dos líneas había hombres de ocho casas.

El muchacho bien vestido del camino de Pero, el que siguió a la Tregua cuatro días a cien pasos, era Teor, de la casa de Ansa, diecinueve años, nieto de Ilder, a quien esa máscara le corresponde por linaje desde hace cuatrocientos años.

No se acercó, no habló y no le pidió nada. Lo anoto porque lo vi.

Y anoto también que a la vuelta hizo el camino a pie y llevó el caballo de la brida las cuatro jornadas, y que eso no lo vio nadie más porque los demás se habían adelantado.

De mí se hace constar que a Ubal no me llamó nadie y que fui, y que no cobré por estos días.


(otra letra)

Un carbonero paró una guerra y un señor de casa no se sabía los nombres de sus propios muertos.

Trigésima tercera — El Sordo

De las que se ganan. Sin linaje. Se lleva hoy.

La vida que se copia aquí es del año setecientos tres de la Casa.


Es de madera negra, más pesada de lo que parece. Tiene las orejas talladas grandes, abiertas y vueltas hacia adelante, como las de los animales que duermen al aire libre.

Y no tiene boca. Donde va la boca la madera es maciza, sin ranura ni hendidura.

Se lo llama el Sordo por lo que hace y no por lo que es. Oye todo. Come a solas y de noche, que es la única hora en que puede quitársela.

De su potestad

Cualquiera puede decirle cualquier cosa.

No absuelve, no condena, no arregla nada. Lo que se le dice no sirve ante ningún juez ni cambia una sola sentencia. Lo único que hace el Sordo es que un hombre no esté solo con lo que hizo.

Por eso, en la ciudad donde está, la gente miente menos de lo que se cree. No por virtud: por descanso. Del resto del mundo se camina semanas para hablar una vez en la vida, y hay quien se muere en el camino.

De sus leyes

Primera. Escucha a cualquiera, a cualquier hora, sin preguntar nombre ni pedir nada.

Segunda. No repite nunca. Ni ante juez, ni ante rey, ni ante otra máscara, ni bajo tormento.

Tercera. No puede escribirlo, ni dejarlo dicho para después de su muerte, ni contarlo a otro Sordo.

Cuarta. No puede actuar sobre lo que oyó. No puede avisar, ni insinuar, ni cambiar de camino para que otro no pase por donde va a pasar. Nada de lo que sabe puede mover una sola cosa del mundo.

Quinta. Al que escuchó una vez no puede negarle la segunda, ni negarle el estar donde él esté, si lo pide.

Del traspaso

Se lo entierra con la máscara puesta y con la cara hacia abajo, y se lo deja así los tres días que manda la ley. Al cuarto se abre la tierra, se saca la máscara, se la lava con vino y se la lleva la Casa. El hombre se queda.

Sobre esa costumbre hay dos explicaciones y las dos se enseñan.

Dicen unos que es para que lo que oyó se vaya hacia la tierra y no hacia arriba.

Dicen otros que es porque un hombre que escuchó eso durante toda su vida ya no tiene por qué mirar a nadie.


De Maro, que llevó el Sordo en Larén veintidós años

Un hombre llamado Nardo mató a un prestamista en Larén, de noche, por una deuda que no era grande. Fue a los cinco días a hablar con el Sordo, como van todos, y le contó lo que había hecho sin adornarlo, y lloró, y se fue aliviado, que es lo que pasa siempre.

A la semana prendieron por ese muerto a un carretero llamado Tulo, que había discutido con el prestamista delante de testigos.

Maro estuvo en el juicio, y estuvo porque Nardo lo pidió: la Quinta no distingue entre oír y estar.

Tulo dijo que no había sido él. No tenía con qué probarlo. El juez de Larén hizo lo que tenía que hacer con lo que tenía delante, y lo hizo bien, y esto conviene decirlo porque después se contó de otra manera: en Larén nadie se equivocó ese año. Con lo que había, la sentencia era ésa.

La noche antes, Tulo mandó llamar al Sordo, que es derecho de todo condenado.

Maro entró en la celda y se sentó, y Tulo le habló hasta el amanecer, y en algún momento de esa noche le dijo que él no lo había hecho, y le preguntó si le creía.

El Sordo no tiene boca.

Maro le sostuvo la mirada, que es lo único que le quedaba, y no la bajó en toda la noche, y cuando salió ya era de día.

A la mañana, el que Cumple hizo su trabajo. Maro se paró en el primer escalón de la plaza, donde todos lo vieron pararse, y se quedó ahí adelante para que Tulo pudiera verlo desde arriba sin buscarlo.

Eso no está mandado en ninguna ley y no se lo pidió nadie.

Después bajó, y volvió a su cuarto, y esa tarde escuchó a los que habían venido, porque la Primera no hace excepciones.


Nardo vivió treinta y un años más.

Se casó, tuvo cuatro hijos, tuvo un molino, y una vez por año, todos los años, iba a hablar con el Sordo. Nunca faltó. Le contaba lo mismo, cada vez con menos detalle y con más costumbre, como quien paga algo en cuotas.

Maro lo escuchó las treinta y una veces.

La última fue cuando Nardo ya estaba viejo y le costaba subir las escaleras. Habló poco. Y al final, antes de irse, le preguntó una cosa que no le había preguntado nunca en treinta y un años:

—¿Se lo dijiste a alguien alguna vez?

Maro le dijo que no con la cabeza.

Y Nardo asintió, y levantó la mano hacia el hombro y la bajó sin llegar, que es lo que se hace, y bajó las escaleras despacio, y se murió al año siguiente rodeado de los suyos, y lo enterraron los suyos, y fue medio Larén, y hubo vino.


En la Casa está asentado que Maro llevó el Sordo veintidós años y que no rompió ninguna de las cinco.

Sobre la mañana del escalón se discutió mientras vivió y se siguió discutiendo después de muerto.

Dicen unos que pararse donde el condenado lo viera fue insinuar, y que la Cuarta prohíbe insinuar.

Dicen otros que la Cuarta prohíbe mover una cosa del mundo, y que aquella mañana no se movió ninguna: Tulo murió a la hora en que iba a morir, ninguno de los que estaban en la plaza entendió nada, y el único que entendió ya estaba arriba.

No se resolvió. Para resolverlo habría que decir qué es insinuar, y eso no se dijo nunca.

Lo enterraron con la cara hacia abajo, como está mandado, y al cuarto día abrieron la tierra y se llevaron la máscara, que sigue en Larén y la lleva otro.

Lo que sabía está debajo de la plaza, a doce pasos del escalón donde se paró aquella mañana.

De los que llevaron el Sordo: no se conservan sus nombres, salvo el de Maro, que quedó porque alguien lo escribió sin pedirle permiso.

Canto del carbonero de Pero

Lo que canta el Cantor desde el mes tercero del año ochocientos doce. Se copia entero y sin corregirle nada, porque lo que canta el Cantor queda como cierto.


Un hombre tenía las manos negras hasta la mitad del brazo.

No tenía tierra.

No tenía casa.

No lo eligió ninguna casa.

No lo eligió la Casa.

Y le pusieron en las manos la que detiene la guerra.

Nadie puede negarle tres días.


Vino un señor de Ubal a su puerta, con caballo y con botas,

y dijo: ochenta y seis muertos.

Y el carbonero le dijo: dime los nombres.

Y el señor de Ubal dijo once,

y se quedó callado,

y era mediodía cuando se quedó callado

y era de noche cuando terminó de callarse.

Entonces el carbonero dijo los ochenta y seis,

desde el primero hasta el último, sin saltarse ninguno,

y no le habían dicho ninguno.

Nadie puede negarle tres días.


Le dieron un caballo y no lo quiso.

Le dieron pan y no lo quiso.

Le dieron agua y no la quiso.

Cuatro días caminó por el camino de las piedras blancas,

y el que caminaba atrás no lo alcanzaba,

y el que iba a caballo tampoco.

Nadie puede negarle tres días.


Al mediodía del cuarto día salió al medio del campo,

y caminó hasta estar a la misma distancia de los dos,

y giró una vez entera para que lo vieran las dos líneas.

Y en todo el campo no hubo sombra.

Ochocientos hombres pusieron la rodilla en la tierra.

Las lanzas se cayeron de las manos que las tenían.

Los caballos callaron.

Nadie puede negarle tres días.


Y le preguntaron quién le había dado la máscara.

Y dijo: un hombre en el camino, de noche.

Tenía los ojos cerrados y la boca abierta.

No le vi la cara porque no la tenía.

Su caballo no dejó huella.

Y me dijo estas palabras:

Esto es tuyo desde ahora. Lo mereciste sin saberlo, y nadie va a poder quitártelo.

Nadie puede negarle tres días.


Óiganlo los que tienen tierra.

Óiganlo los que tienen casa.

Óiganlo los que eligen y los que no llevan.

Hay uno repartiendo.

No pide nada.

No mira a quién.

Nadie puede negarle tres días.


(otra letra, y otra tinta, y no es la del que compiló)

Yo lo oí cantar en Aris cuando tenía nueve años y lo canté cuarenta y un años, y lo voy a cantar hasta que me muera.

Abajo de este canto había escrita una hoja entera de un hombre que decía que casi todo esto es mentira.

La hoja está donde estaba. Yo no la raspé.

Que la lea el que quiera.

De la noche de Pero

Año ochocientos doce de la Casa, mes tercero, en la aldea de Pero, once días después de que empezara a cantarse el canto.

De noche entraron dos hombres a caballo a matar al que lleva la Tregua. No lo mataron. Uno de los dos quedó muerto en el patio y al otro lo tuvieron atado hasta la mañana.

Las treinta y una casas de Pero juntaron entre todas para llamar al Escribiente, y esto es lo que se declaró, tomado por separado y sin corregirle nada. Se contradicen en casi todo.

Y se hace constar de entrada lo que nadie dijo esa noche en voz alta y todos sabían: que a un enmascarado no se le puede quitar la máscara, y que si el enmascarado muere, la máscara se deja tres días sobre su pecho, se lava con vino y la recoge la Casa. Matarlo es la única manera de recuperarla sin romper ninguna ley.


Declara Sira, mujer de Damo, de la casa de Oren.

Que estaba despierta porque el chico tosía.

Que oyó los caballos y que los caballos eran dos y venían al paso, y que eso fue lo que le dio miedo, porque el que viene de noche y no tiene apuro sabe adónde va.

Que su marido dormía con la máscara al lado y no encima, sobre un banco, envuelta en un trapo.

Que agarró al chico y lo puso contra la pared del horno, que es la única que no da afuera, y que se puso ella delante y estuvo así hasta que se hizo de día.

Que ella no gritó.

Que la que gritó fue una mujer de afuera.

Que el trapo en que está envuelta la máscara lo cosió ella, y que eso no se lo preguntaron y lo dice igual.


Declara Mero, de Pero, que tiene la casa de al lado.

Que desde el mes segundo duerme gente en el suelo alrededor de esa casa, y que él al principio los echaba y después dejó de echarlos.

Que esa noche había cuarenta y seis, contadas a la mañana, venidas de siete ciudades y de once aldeas, y que la mitad no sabía el nombre del hombre al que venían a ver y le decían el carbonero.

Que los dos hombres bajaron de los caballos a treinta pasos y que caminaron bien, sin hacer ruido, y que uno pisó a alguien que dormía.

Que ahí se acabó todo.


Declara Cira, de Larén, que llegó a Pero a los once días de camino.

Que ella dormía contra la pared, del lado del horno, porque es el lado caliente.

Que sintió una bota en la mano y que se despertó viendo a un hombre parado encima de ella con un cuchillo corto, y que el hombre la miró y no le hizo nada, y que eso lo va a decir siempre porque es verdad: no le hizo nada.

Que ella lo agarró de la pierna.

Que después vinieron los otros.


Declara un chico de Pero, de once años, cuyo nombre no se asienta porque el padre pidió que no.

Que fueron muchos y que gritaban.

Que el hombre del cuchillo se cayó y no se levantó más.

Que él no vio quién fue.

Que ninguno de los que estaban ahí vio quién fue, y que le parece que es mentira.


Declara Idun, el que quedó vivo, atado a un olivo, con dos costillas rotas.

Que se llama Idun y que no es de ninguna casa.

Que al que se murió le decían Naro y que era de un pueblo del norte que no nombró.

Que a los dos los mandó un hombre que los buscó en una taberna y les pagó por adelantado.

Que ese hombre no dio nombre pero que los caballos los dieron ellos, y que los caballos tenían el sello de las cuadras del rey Ordas, y que ellos no sabían que un sello se lee.

Que les dijeron que era un carbonero y que no tenía guardias.

Que era verdad que no tenía guardias.


De lo que se encontró

Dos caballos, con el sello de las cuadras del rey Ordas.

Un cuchillo corto, de los de destripar pescado, sin filo en el lomo.

Una bolsa con treinta y ocho monedas nuevas, todas del mismo cuño y del mismo año, cosa que se puede mirar y por eso se mira.

Ninguna arma de guerra. Ninguna cuerda. Ninguna bolsa para llevar nada.

No venían a robar la máscara. Venían a matar al hombre, que es lo mismo y es legal.


De lo que hizo Damo esa noche

Declaran los cuarenta y seis, y en esto no se contradice ninguno.

Que salió a la puerta en camisa, sin la máscara puesta, y que fue la primera vez que en Pero le vieron la cara desde el mes primero.

Que dijo que pararan.

Que lo dijo dos veces y que la segunda la gritó.

Que no le hicieron caso.

Se hace constar que el hombre que puede detener cualquier guerra del mundo y a quien nadie puede negarle tres días no pudo detener a cuarenta y seis personas en su propio patio.


A la mañana entregaron a Idun a los hombres de la casa de Ansa, que se lo llevaron a Arca.

Se preguntó qué se hacía con el muerto y nadie sabía, porque el que Entierra a los de Nadie está a dieciocho jornadas y no iba a venir por uno.

Lo enterraron los de Pero, en el borde del campo de olivos, y no hubo vino.


Damo no quiso declarar.

Preguntó una sola cosa, delante de todos, y se la asiento porque la preguntó y porque se le contestó.

Preguntó cómo se llamaba el muerto.

Se le dijo: Naro.

Y preguntó si tenía a alguien.


(otra letra)

Tenía madre. Vivió seis años más y nadie le llevó nunca la noticia.

Esto lo sé porque soy de ahí.

Hoja de cotejo del canto

Del que compiló. Escrita después, para ir debajo del canto, y que en las copias viejas iba debajo del canto.

En esta copia va aparte, porque en la copia de la que se sacó esta faltaba la hoja y estaba cosida después con hilo de otro color.


Yo estuve en el campo de Ubal. El Cantor no estuvo.

Es cierto el silencio. Es cierto que las lanzas se plantaron. Es cierto que ninguna casa lo eligió y que la Casa de las Caras no le entregó nada. Es cierto que no aceptó el caballo.

Es falso que dijera los ochenta y seis nombres. No los dijo. No los sabe nadie, y eso fue lo único que él pidió.

Es falso que ochocientos hombres pusieran la rodilla en la tierra. Ninguno se arrodilló.

Es falso que las lanzas se cayeran. Se plantaron por orden de un capitán, que se llama Oro y está vivo.

Es falso que no hubiera sombra. Era mediodía de verano y había sombra, y yo estaba dentro de ella.

Es falso que no comiera ni bebiera. Comió lo que le dieron y durmió tres noches en el campo, envuelto en una manta.

Es falso que la mujer que amasaba fuera su madre. Es su mujer, se llama Sira, y sigue amasando en Pero.

Todo eso es falso, y todo eso quedó cierto desde el mes tercero, porque lo cantó el Cantor.


Y esto lo dejo escrito aunque me pesa.

Le pregunté al Cantor de quién había oído lo del hombre del camino, porque en el campo de Ubal eso no se dijo delante de nadie, y porque las palabras del final no las oyó nunca ningún testigo salvo tres personas y yo.

Declaró que se le puso al lado en el camino de Aris, de noche, un hombre a caballo que llevaba máscara.

Declaró que no le vio la cara.

Declaró que ese hombre le enseñó las palabras del final y le hizo repetirlas hasta que le salieron bien, y que después se fue sin decir su nombre, que no se pregunta.

La Casa resolvió, el mes primero, que no se hiciera público nada de este asunto.

Hoy la fórmula se canta en las tabernas de once ciudades, y yo no la puedo borrar de aquí.


Aquí hay ocho líneas raspadas. Se lee, al borde de la raspadura, la palabra madre y más abajo una fecha que no corresponde a ningún año de la Casa.

(otra letra)

Lo raspado lo raspó su hijo, e hizo bien.

(otra letra, y no la misma)

No tenía hijo.

Las treinta y una que se ganan

Segundo modo. La Casa de las Caras elige. Cualquiera puede ser elegido, y por eso son las que la gente quiere.


31. El Perdón — suelta a un hombre de cualquier condena. Uno por año. Olivo blanqueado por el uso. Donde van los ojos la madera es entera: no hay agujero ni ranura, y quien la lleva no ve.

32. El Testigo — su palabra es prueba y no se contradice. Los ojos son dos agujeros grandes y no tiene párpados tallados. No se puede cerrar.

33. El Sordo — escucha confesiones y no puede repetir ninguna, ni bajo juicio. Madera negra, más pesada de lo que parece. Las orejas talladas grandes y vueltas hacia adelante. Donde va la boca la madera es maciza.

34. El que Camina — lleva mensajes. Nadie puede detenerlo ni abrir lo que lleva. No tiene mandíbula: termina arriba de la boca, para comer sin quitársela, porque no se detiene.

35. La Partera — corta el cordón. Su registro de nacimientos es el único que vale. Es la más lavada de todas. Se lava después de cada uso y perdió el color hace siglos.

36. El que Cierra los Ojos — acompaña a los que se están muriendo. Los párpados están tallados a medio cerrar, y por esa rendija se ve.

37. La que Vela — pasa la noche con los que tienen miedo. Tiene un rebajo en la coronilla donde se apoya una vela. La cera de cien años está pegada y no se raspa.

38. El que Prueba — come primero en las mesas donde se teme el veneno. La boca es grande y el interior está manchado. Falta un pedazo del borde, de un mordisco.

39. El que Corta — abre cuerpos para curarlos. Huele a vinagre y no se le va.

40. El que Entierra a los de Nadie — se ocupa de los muertos sin casa. Tiene tierra en todas las grietas y está prohibido limpiarla.

41. El Hospedero — está obligado a recibir una noche a cualquiera que golpee. Lleva una llave atada al cordón. La llave no abre nada.

42. El que Reparte — reparte la comida en el hambre, y come último. La boca es tan chica que hay que comer despacio y de a poco.

43. La que Enseña las Letras — no puede cobrar por enseñar. Tiene el alfabeto tallado en el borde de abajo, y está gastado en las cuatro letras que los chicos tocan siempre.

44. El Contador de Días — lleva el calendario. El año es el que él dice que es. Una muesca por año desde que hay registros. Ya no le queda lugar, y de eso no se habla.

45. El Escribiente — escribe lo que otros no saben escribir, y no puede cambiar una palabra. Tiene una mancha de tinta en el pómulo derecho que ya es parte de la madera.

46. La Lengua — habla los idiomas de los pueblos que no se entienden. Tiene dos bocas, una arriba de la otra.

47. El que Regatea — negocia por los que no saben negociar. Golpeada y remendada por todas partes. Vale más remendada, y eso lo dicen los que la remiendan.

48. La que Presta — presta sin interés, una sola vez a cada uno. Tiene una sola marca, hecha la primera vez que se usó. No se le hizo ninguna otra.

49. El que Junta — cobra lo que se le debe a la ciudad. La boca es una ranura angosta, como la de una alcancía.

50. El Vigía — mira desde la torre. Su aviso obliga a todos, aunque se equivoque. Los ojos están más separados de lo que van los ojos de un hombre, y por eso hay que mover la cabeza para ver de cerca.

51. El Barquero — cruza a cualquiera, aunque venga huyendo. Está hinchada de agua desde hace mucho y nunca se secó.

52. El que Conoce el Desierto — guía caravanas. Nunca dos veces por el mismo lugar. La arena le comió los rasgos. Es lisa y no se sabe qué cara tenía.

53. El Pastor de Perdidos — busca a los que se pierden, y no puede volver mientras le quede comida. Tiene un silbato tallado en el borde de la boca y suena aunque no se quiera.

54. La que Encuentra Agua — camina delante de los que se mudan. Sauce. Es la única de sauce.

55. El Cantor — lo que canta queda como cierto. Por eso se elige con cuidado. Es hueca y resuena cuando se la golpea, y hay quien la golpea para oírla.

56. El que Puede Decir — puede decirle cualquier cosa a cualquiera sin castigo. La boca es un tajo hecho con hacha, no tallado.

57. El que Habla al Oído — aconseja a los que mandan, y nunca en voz alta. Cubre de la nariz para arriba. La boca queda a la vista y por eso se le ven los labios cuando habla, y hay que estar cerca.

58. El que Miente por Oficio — negocia con enemigos. Puede mentir sin perder honra. Tiene dos caras talladas, una dentro de la otra. La de abajo no se ve nunca.

59. El que Levanta — construye. Lo que él dice que se cae, se cae. Del mentón cuelga una plomada, y cuando la plomada queda quieta el que la lleva está derecho.

60. El que Apaga — manda en el incendio, y en el incendio manda sobre todos. Quemada de un lado. No se sabe de cuál de los incendios.

61. El Último en Hablar — habla al final del juicio, después de la sentencia y antes del castigo. Por dentro está gastada en el mentón, porque el que la lleva aprieta los dientes mientras espera.

Primera — La Sangre

De la casa de Oren. Genealogía en la copia que guarda la Casa de las Caras, tal como se lee en voz alta el día que la casa recibe a alguien o lo suelta. Se copia con las glosas que trae.


Es de olivo muy viejo, casi negro. Tiene la boca abierta y grande.

Donde van las orejas la madera es lisa. No hay hueco ni pliegue.

El que dice quién pertenece no escucha a nadie.


De su potestad

Dice quién es de una casa y quién no es.

Lo que dice no se discute, no se apela y no se prueba. No hay testigo que valga contra ella ni juramento que la contradiga, porque no juzga un hecho: dice una pertenencia, y una pertenencia no tiene hechos.

Al que suelta se lo llama suelto de sangre, y no es lo mismo que el suelto del Perdón, y conviene no confundirlos porque el pueblo los confunde.

El suelto de sangre no hereda, no reclama, no responde por las deudas de la casa y la casa no responde por él. No puede ser enterrado en la tierra de los suyos. Sus hijos nacen sin casa, y los hijos de sus hijos.

No hay ninguna ley que la obligue a decir por qué.


Genealogía de la casa de Oren, séptima copia

Primero. De Oren el viejo, que fundó, y de Bara: cuatro hijos. Oren, Teso, Mira, y uno que murió sin nombre.

Trescientos once años.

Segundo. De Oren segundo y de Lena: dos hijos. Ulde y Bala.

De Teso y de Nesa: seis hijos, de los que se conservan tres. Aro, Ansel y Vira.

Aquí la Sangre habló por primera vez en esta casa, y soltó a los seis de Teso, y de los seis se conservan tres porque los otros tres no volvieron a estar en ninguna copia.

No consta el motivo. Está la firma.

Tercero. De Ulde y de Dania: cinco hijos. Oren, Nardo, Cora, Belma y Loda.

De Bala, que no tomó mujer, ninguno.

Cuarto. De Oren tercero y de Ida: tres hijos. Oren, Rasa y Loden.

De Loden, que fue el segundo varón y que trabajó la tierra de la casa treinta y un años, está escrito lo siguiente, y se copia entero porque así vino:

«El año setecientos noventa y uno, a pedido del primogénito, la Sangre dijo que Loden no es de la casa de Oren.

Se le leyó en la puerta, delante de once personas, y él pidió que se le dijera por qué, y se le contestó que no corresponde.

Se le dio un día para sacar lo suyo. Sacó dos mulas, que eran suyas, y una silla.

Tenía cuarenta años. Tenía mujer y cuatro hijos.

Los cuatro hijos quedaron sin casa el mismo día, por ser hijos de quien no es de ninguna.

La tierra que trabajó treinta y un años quedó del primogénito, que la vendió al año siguiente.»

Y debajo, en la misma hoja y con la misma letra, esto:

«Se hace constar que la casa de Oren pagó a la casa que lleva la Sangre, ese año, cuarenta y dos medidas de aceite. Consta en el libro de la Sal porque el aceite cruzó con sello.

Consta el aceite. No consta el motivo.»

Quinto. De Oren cuarto y de Nela: dos hijos. Oren y Nesto.

Sexto. De Oren quinto y de Lena segunda: dos hijos. Oren y Sira.

De Sira, que casó fuera de la casa con un carbonero de la aldea de Pero: un hijo, que vive.

Séptimo. No escrita todavía.


De las doce veces

En trescientos once años, la Sangre habló doce veces sobre la casa de Oren.

Once de esas doce veces la casa de Oren pagó ese mismo año a la casa que lleva la Sangre, y lo pagado está en otros libros porque cruzó con sello y hubo que declararlo.

La duodécima no se pagó, y es la única de las doce en que consta el motivo, y el motivo era bueno.

Nadie ha podido explicar nunca esa relación de un modo que la Casa acepte, y la Casa enseña que es coincidencia, y que la Sangre es de linaje y no necesita el aceite de nadie.

Ninguno de los dos lados puede probar nada.


De lo que se intentó

Cuatro veces se llevó el asunto ante el Juez.

Las cuatro veces el Juez contestó lo mismo: que él juzga lo que las casas no pueden juzgar entre sí, y que aquí no hay dos casas, porque una de las partes no es de ninguna, y que un hombre que no es de ninguna casa no tiene con quién pleitear.

Una vez se llevó ante el Perdón. El Perdón contestó que él suelta condenas y que aquí no hay condena.

Una vez se le pidió al que Puede Decir, que puede decirle cualquier cosa a cualquiera sin castigo, y fue y se lo dijo, y no pasó nada, y eso también está escrito.


De Loden, que trabajó treinta y un años la tierra de la casa de Oren, no queda ninguna otra línea en ninguna copia.

Se sabe que vivió veintidós años más porque su nombre aparece en el registro del que Entierra a los de Nadie.

Se sabe el día. No se sabe el lugar.


Nota del que anota. Esta hoja la pedí yo y me la dieron sin dificultad, porque no es secreta: se lee en voz alta y la sabe todo el mundo. Se lee el día que una casa recibe a alguien.

La leen para que se sepa lo que se puede perder.

De lo que pidió Teor de Ansa en el cuarto de arriba

Año ochocientos doce de la Casa, mes cuarto, en la Casa de las Caras, en Arca.

Teor, de la casa de Ansa, nieto de Ilder, diecinueve años, llegó a Arca por su cuenta y sin que su casa lo mandara. Durmió cuatro noches en la puerta, como duerme todo el que va a pedir algo, y a la quinta mañana pidió ser recibido.

Se lo recibió porque es el único de su casa que puede tomar la Tregua, y negarle la puerta era peor que abrírsela. No se lo recibió en sesión: se lo recibió arriba, que es donde la Casa oye lo que no quiere asentar.

La Casa esperaba que viniera a reclamar la máscara de su abuelo.

Antes de subir, Teor llamó al que lleva el Escribiente y le pagó por tomar entero lo que se dijera, y de las dos partes. La Casa no quería y no pudo impedirlo: a quien llama al Escribiente es quien lo paga, y aquí lo llamó él.

Presentes: Ura, que preside. Belmar. Teor. Y el que esto anota. Tesa está en el camino del sur desde el mes segundo.


Teor. —Vengo por la máscara de mi abuelo.

Ura. —Está en estudio.

Teor. —Eso le dijeron a mi casa hace dos meses.

Ura. —Sigue en estudio.

Teor. —Quiero preguntar dos cosas del registro. Tengo derecho: soy de la casa que la tuvo cuatrocientos años.

Ura. —Pregunta.

Teor. —Mi abuelo llevó la Tregua treinta y un años. ¿Cuántas veces fue?

Se trajo el libro. Contestó Ura leyendo.

Ura. —Once.

Teor. —¿Cuántas veces se la pidieron?

No se contestó.

Teor. —¿Cuántas veces se la pidieron?

Ura. —No consta.

Teor. —¿Por qué no consta?

Ura. —Porque se asienta lo que se hace. Las que no se hacen no se asientan.

Teor. —¿Nunca?

Ura. —Nunca.

Aquí hubo un silencio que el que anota midió en lo que se tarda en contar hasta cuarenta.

Teor. —Entonces vengo a pedir eso. Que se empiece a asentar. Todas. Con el nombre de la casa que pidió, el día, los muertos que dijeron en la puerta, y si fue o no fue.

Belmar. —Eso no se pide.

Teor. —El Perdón lo hace desde el año seiscientos cuarenta y uno. Están los noventa y siete de Ledán, y noventa y seis no recibieron nada, y están todos escritos con nombre. Lo leí en la copia que se vende en Ansa.

Belmar. —El Perdón es de las que se ganan.

Teor. —¿Y eso qué cambia para el que va a pedir?

No se contestó.


Ura. —Dijiste dos cosas.

Teor. —La segunda es lo de la máscara. Vengo a decir que no la quiero.

Belmar. —Estás hablando por tu casa.

Teor. —Estoy hablando por mí, que soy el único que puede tomarla. Mi casa va a decir otra cosa y va a decirla fuerte. Yo estuve en el campo de Ubal.

Belmar. —Todos sabemos lo del campo de Ubal.

Teor. —Ustedes lo saben por el acta. Yo estaba a cien pasos.

Ura. —¿Por qué no la quieres?

Teor. —Caminé cuatro días detrás de él. Le ofrecieron un caballo cuatro veces.

Ura. —Eso no contesta.

Teor. —Yo no habría ido a Ubal.

Ura. —No puedes saber eso.

Teor. —Mi abuelo fue once veces en treinta y un años y era mejor hombre que yo. Ustedes eligen a los otros treinta y uno mirándolos a la cara. A mí nadie me miró nunca, y a mi hijo tampoco lo van a mirar, y a su hijo tampoco.

No se contestó.

Ura. —¿Qué pides, entonces?

Teor. —Que se asiente el traspaso. Que se escriba que la Tregua es de Damo, de Pero, y que se le saque a mi casa el derecho, y que quede escrito que lo pedí yo y que nadie me obligó.

Belmar. —No.

Teor. —Ustedes dijeron que no se puede quitar una máscara y que no se puede juzgar a un hombre y que no se puede desmentir un traspaso. Lo único que queda es escribirlo.

Belmar. —Lo único que queda no es eso. Lo que queda es que un hombre que no fue elegido por nadie lleva una de las setenta y dos, y que si eso se escribe en el registro, mañana cualquiera puede poner una máscara en las manos de cualquiera y la Casa firma abajo.

Teor. —Ya pasó sin que firmaran.

Belmar. —Pasó una vez.

Teor. —Se canta en once ciudades.


Belmar. —Voy a decir delante del que anota lo que pienso, y que lo escriba.

Ura. —Belmar.

Belmar. —Que lo escriba. Yo no tengo máscara y no la voy a tener nunca. Entré a los veintitrés y firmé. Lo único que tengo es que las setenta y dos sigan donde están, y eso es lo que se está cayendo, y no se va a caer conmigo sentado aquí.

Ura. —No se puede tocar al carbonero.

Belmar. —Ya lo intentó un rey y le salió mal. Pagó a dos hombres de taberna y mandó los caballos con su propio sello. Ahora hay un muerto enterrado en el olivar de Pero, duermen cuarenta y seis personas en ese patio, y el canto tiene una estrofa nueva que no estaba en el mes tercero.

Ura. —Sé lo del olivar.

Belmar. —Entonces sabes que matarlo ya no sirve. Matarlo lo agranda.

Belmar. —No voy a tocarlo. La mujer del carbonero se llama Sira y es de la casa de Oren, y él está anotado en Oren por ella, y el hijo también, porque él no tiene casa propia. Eso está en la séptima copia y lo leí anteayer.

Ura. —Sé lo que vas a decir.

Belmar. —Entonces dilo tú.

Ura. —Que le pidamos a la Sangre.

Belmar. —Que le pida la casa de Oren. Nosotros no pedimos nada: nosotros hacemos saber a la casa de Oren que tienen anotado a un hombre que trajo un asunto grave sobre su nombre. Lo demás lo hacen ellos, y lo hacen por escrito, y es legal, y no hay nada que apelar, y nadie va a tocar a nadie.

Ura. —Y el hijo queda sin casa.

Belmar. —El hijo queda sin casa. Y el padre viene a esta mesa a preguntar qué tiene que hacer para que el hijo tenga casa, y se le contesta.

Ura. —Eso es lo que yo pensaba que ibas a decir.

Belmar. —¿Y qué contestas?

Ura. —Que se puede esperar.

Belmar. —Esperar ya lo hicimos. Fue un mes y once ciudades.


Se hace constar que la presidencia no lo prohibió, y que no puede prohibirlo, porque la Casa no manda sobre lo que una casa de linaje pida a otra.

Ura dijo que constara que no lo prohibió porque no puede, y no porque no quiera.

Belmar pidió que constara la palabra de Ura, y Ura pidió que constara que Belmar lo había pedido.

Consta.


Teor. —¿Puedo decir una cosa más?

Ura. —Di.

Teor. —Mi abuelo llevó la Tregua treinta y un años y tenía cuatro caballos.

Ura. —Sí.

Teor. —Yo nunca lo vi caminar a ningún lado.

Y se fue, y bajó las escaleras, y en la puerta pidió una copia de esto, que se le entregó al día siguiente, y pagó por las dos.


Nota del que anota.

Lo de asentar las que no se hacen no se resolvió, y por lo tanto no se hizo.

Y esto, que es lo que me toca.

Al terminar la sesión, cuando el muchacho ya se había ido, Belmar me pidió que levantara por escrito el aviso a la casa de Oren, con la fecha, los nombres, y la línea de la séptima copia donde está anotada Sira.

Le pregunté por qué a mí y no a un copista de la Casa.

Me contestó que porque de eso va a pedirse cuenta, y que hace falta un documento que después nadie pueda cambiar.

Escribo lo que otros no saben escribir y no puedo cambiar una palabra, y tampoco puedo negarme.

Lo escribí esa noche. Está en la hoja siguiente, y no la puedo sacar de aquí.

Aviso a la casa de Oren

Año ochocientos doce de la Casa, mes cuarto, día vigésimo segundo, en Arca. Levantado esa noche, al terminar la sesión del cuarto de arriba, a pedido de Belmar, de la Casa de las Caras, que fue quien llamó y quien pagó.

Se copia el aviso entero, con la hoja que lo acompañó y con el acuse.


A la casa de Oren, en Aris, en la persona de su primogénito o de quien la casa tenga puesto.

De la Casa de las Caras, en Arca.


Del asunto.

Se hace saber a la casa de Oren que tiene anotado a un hombre por el que va a pedirse cuenta.

El asunto consta en la Casa de las Caras. No se escribe aquí.

Del hombre.

Damo, de oficio carbonero, de la aldea de Pero, cuarenta y cuatro años. No tiene tierra. No tiene casa propia. Está anotado en la casa de Oren por su mujer.

De la mujer.

Sira, de la casa de Oren, hija de Oren quinto y de Lena segunda, hermana del primogénito. Casó fuera de la casa hace diecisiete años y no fue soltada.

Del hijo.

Teso, once años, anotado en la casa de Oren por su madre, por no tener casa su padre.

De dónde consta.

De la séptima copia de la genealogía de la casa de Oren, que guarda la Casa de las Caras, generación sexta.

Lo que dice la línea, copiada a la letra.

«Sexto. De Oren quinto y de Lena segunda: dos hijos. Oren y Sira.

De Sira, que casó fuera de la casa con un carbonero de la aldea de Pero: un hijo, que vive.

Séptimo. No escrita todavía.»


De la hoja que se acompaña.

Se pidió copiar la línea. La línea está en la hoja tercera de la séptima copia, que empieza en la generación cuarta y termina donde la séptima no está escrita.

Una hoja no se copia por mitades. Se copia entera, como está, y va con este aviso.

Trae, en la generación cuarta, lo siguiente:

«El año setecientos noventa y uno, a pedido del primogénito, la Sangre dijo que Loden no es de la casa de Oren.

Tenía cuarenta años. Tenía mujer y cuatro hijos.

Los cuatro hijos quedaron sin casa el mismo día, por ser hijos de quien no es de ninguna.»

Y debajo, en la misma hoja y con la misma letra, lo del aceite, que también va copiado.

Lo demás de esa hoja es lo que se lee en la genealogía y no se repite aquí.


De la costumbre de estos avisos.

Se levanta aviso cuando una casa tiene anotado a alguien de quien va a pedirse cuenta, para que la casa no diga después que no supo.

En ochocientos doce años se levantaron veintiocho.

De los veintiocho, en veinticuatro la casa avisada soltó al anotado dentro del año.

De lo que este aviso no dice.

No se le dice a la casa de Oren lo que tiene que hacer. La Casa de las Caras no manda sobre lo que una casa de linaje pida a otra, ni sobre lo que una casa haga con los suyos.

No se pide nada.

Del sello.

Va sin el sello de la Casa de las Caras, por pedido de quien lo encargó.

Va con el sello del que lo escribió.

De los ejemplares.

Original y dos copias. El original para la casa de Oren. Una copia para la Casa de las Caras. La otra queda con el que escribe, que no puede entregarla ni destruirla.

De quién lo escribió.

El que lleva el Escribiente, llamado por Belmar, de la Casa de las Caras.

Se pagaron seis monedas por la hoja, los ejemplares y el sello.


Acuse.

Llevado por Vero, mandadero de la Casa, que salió de Arca el día vigésimo tercero y llegó a Aris el vigésimo séptimo. Cuatro jornadas.

Recibido en la casa de Oren el día vigésimo séptimo del mes cuarto por Oren sexto, primogénito, hermano de Sira, que lo leyó de pie en la puerta, delante del mandadero y de dos hombres de la casa, y lo leyó dos veces.

Preguntó el mandadero si había respuesta que llevar.

Se le contestó que no había respuesta que llevar.

Firmó abajo: Oren, de Oren.


Al pie del acuse, con otra letra y en el mismo día, la casa de Oren añadió una línea, que se copia porque vino en el acuse:

«¿A quién se le pide?»

El mandadero no supo contestar. Trajo el acuse a Arca y se le contestó de palabra.

De eso no hay hoja.

Razón de las once ciudades donde se canta

Año ochocientos doce de la Casa, mes quinto. Mandada hacer por Belmar para saber el tamaño de esto. Se pidió a cada copista que anotara lo que hubiera visto él y no lo que le contaran.


Aris. Se canta en cuatro tabernas y en el mercado. El consejo no lo prohibió. Un hombre puso la fórmula escrita en la puerta de su casa, con carbón, y hay siete puertas más así en esa calle.

Larén. Se canta debajo de la plaza, junto al escalón. El que lleva el Sordo escuchó a treinta y ocho personas más este mes que el mes pasado y no dijo por qué, porque no puede.

Turma. No se canta: se escribe. Está entero en la tabla de la puerta, en letra chica, y se reescribe cuando la lluvia lo borra. Van cinco veces.

Solma. El juez prohibió cantarlo con pena de cinco días de cepo. Se cantó igual. Hay once hombres y dos mujeres en el cepo y el canto se oye desde el cepo.

Idria. La casa mayor compró todas las copias que encontró y las quemó en el patio. Se quemaron sesenta y cuatro. A la semana había ciento veinte, y valían el doble.

Vera. Se canta en el galpón de la sal, los días que no hay sal, y ya le dicen la casa del canto, aunque casa no es. Va tanta gente que se cayó una pared y no hubo muertos, y de eso ya se canta una estrofa.

Nesa. Un copista de la Casa fue a explicar en la plaza que lo del sol es mentira. Lo dejaron hablar. Cuando terminó, un hombre le preguntó si él había estado en el campo de Ubal, y dijo que no, y la plaza se fue.

Orma. Se canta con la letra cambiada: ahí el carbonero es carpintero y los muertos son ciento veinte. Se hace constar que nadie de Orma ha visto nunca a Damo de Pero.

Ansa. No se canta. Está prohibido por la casa y la casa es dueña de todo, y el que canta pierde el trabajo. Se oye en el campo, de noche, y en el campo la casa no puede echar a nadie porque el campo hay que sembrarlo.

Arca. Se canta en la puerta de esta Casa, del lado de afuera, por la gente que duerme ahí la noche antes de pedir algo. Se les pidió que no. Contestaron que no están adentro.

Pero. No se canta. En Pero nadie canta nada. Duerme gente en el suelo alrededor de una casa y a las mañanas se van los que se van y llegan los que llegan.


De lo contado

Copias halladas y no quemadas: doscientas noventa y siete.

Ciudades donde se canta con la letra cambiada: cuatro.

Estrofas que no estaban en el mes tercero: seis, y ninguna la cantó el Cantor.

Puertas con la fórmula escrita en carbón, contadas de una en una por los copistas: seiscientas treinta y siete.

Personas que dejaron su casa y su oficio y están hoy en el camino de Pero o en Pero: mil ochenta y seis.

Casas que tiene la aldea de Pero: treinta y una.


Esta razón la copié yo del original de los copistas, que me fue entregado abierto y sin sello, y de eso no digo nada más.

Se me pidió que anotara aparte lo que sigue, y que no lo pusiera en la razón, y lo anoto aquí porque lo que se me pide anotar aparte se anota.

Preguntó Belmar cuántos de los mil ochenta y seis podrían volver a su casa si se les dijera que lo del sol es mentira.

Contestó el copista más viejo que él había ido a decírselo a una plaza y que la plaza se había ido.

Preguntó Belmar qué había que decirles entonces.

Y de eso no se resolvió nada.


(otra letra)

Seiscientas treinta y siete puertas. Contadas de una en una por los que no creen.

Ese número lo sabemos por ellos y por eso lo sabemos bien.

Lo que mandó decir Bruna, de Nesa, desde el patio de Pero

Año ochocientos doce de la Casa, mes sexto. Bruna no sabe escribir y pagó a un hombre que escribe cartas en el camino de Ansa, que cobra por carta y no por lo larga.

La carta iba a su hermana y no llegó, porque el que la llevaba se quedó en Pero. La compré cuando ya no servía y la copio entera, con lo que el que escribe puso de suyo, que se conoce porque cambia de palabras.


Hermana:

Estoy bien y hace frío de noche y de día no.

Duermo del lado del olivo, que es el lado que tiene pasto. Del otro lado es tierra y se levanta polvo cuando pasa gente, y pasa gente toda la noche.

Traje la manta parda y no la de arriba, y la de arriba hacía falta. Si viene alguien para acá que me la mande.

Comemos lo que hay. Hay pan casi siempre porque hay una mujer que amasa y sale a la puerta con una tabla y la deja en el suelo y se vuelve adentro sin decir nada, y nadie se lleva más de un pedazo, y eso nadie lo mandó y así se hace.

El pan es de harina de todos. El que llega trae lo que trae.


Somos más que cuando llegué. Cuando llegué éramos cuarenta y seis y los conté. Hoy no los conté porque hay que caminar mucho para contarlos.

Hay dos de Solma que llegaron con los pies mal y les curó los pies un hombre que estaba, y después ese hombre se fue.

Hay un viejo que vino andando desde Orma y que no habla con nadie y se sienta mirando la puerta todo el día, y nosotros le llevamos pan y él dice que gracias con la cabeza.

Hay una que tuvo el chico acá. Le pusieron nombre acá y no en su casa.


Lo que se hace es esto y no lo mandó nadie.

A la puerta no se golpea. El que llega se sienta y espera y si sale, sale.

Al pasar por delante de la pared del horno se toca la pared con la mano. Yo no sé por qué se hace y lo hago.

Los que se van dicen las palabras antes de irse, en voz baja, mirando la casa, y después se van sin saludar a nadie.

De noche, cuando ya no se habla, alguien las dice una vez y después no se dicen más hasta la mañana.

Yo las digo también.


De lo que se discute acá te cuento porque te va a dar risa.

Unos dicen que a él lo eligieron y que por eso pasó. Otros dicen que no lo eligió nadie y que ésa es justamente la cosa, y que si lo hubieran elegido no valdría.

Se pelean por eso todas las tardes y después comen del mismo pan.

Yo pienso lo segundo y no lo digo fuerte porque los del primero son más.

Hay uno de Idria que anota lo que se dice. Le pregunté para qué y dijo que para que después no se cuente de otra manera. Le dije que ya se cuenta de otra manera y se rio.


Del trabajo: perdí el mío. Me lo hicieron saber en el mes cuarto por un hombre que vino de Nesa a propósito, y le dije que estaba bien.

De la casa de mi marido: que digan lo que quieran.

Si el mes que viene sigo acá te mando decir otra vez.


Lo que sigue lo puso el que escribe la carta, y lo puso porque cobra por carta y le sobraba hoja, y lo dejó firmado:

«Escribo cartas en este camino desde hace seis años y en los otros años escribí once o doce por mes.

Este mes llevo noventa y cuatro y todas de acá.

De las noventa y cuatro, ochenta y una las mandan mujeres.

Y sesenta y siete dicen las mismas palabras en alguna parte, y yo ya no pregunto cuáles son, las escribo y listo.»


La compré por dos monedas al que la llevaba y me la vendió sin dificultad, y me dijo que tenía catorce más y que si quería todas.

Le pregunté por qué no las había llevado.

Me dijo que salió a llevarlas y volvió.

Del libro del granero común de Oria

Año ochocientos doce de la Casa. Oria está a veintidós jornadas de Arca, del otro lado del desierto chico, y el grano se cuenta en medidas de la casa de Ilas, que lleva el Grano desde hace cuatrocientos setenta años.

Se copia el libro del año entero, que es un libro de entradas y salidas y no dice nada más. Se copia porque después no hubo otro.


Mes primero. Entró: nada. Salió: cuarenta y una medidas, por costumbre de invierno. Quedan mil doscientas noventa y seis.

Mes segundo. Salió: treinta y ocho. Quedan mil doscientas cincuenta y ocho.

Al margen, con la letra del granero: «pasaron once carros para el norte, gente que iba a ver al carbonero. Se les dio pan de camino, dos medidas, y no está mandado darlo.»

Mes tercero. Salió: treinta y nueve, y las dos del margen. Quedan mil doscientas diecisiete.

Al margen: «se fueron cuatro familias de los campos de abajo. Dejaron la tierra arada y sin sembrar.»

Mes cuarto. Salió: cuarenta. Quedan mil ciento setenta y siete.

Al margen: «se fueron nueve familias más. La casa de Ilas mandó decir que el que abandona la tierra pierde la tierra, y se fueron igual.»

Mes quinto. Salió: cuarenta y dos. Quedan mil ciento treinta y cinco.

Mes sexto. La Cosecha vino de Larén, miró los campos de Oria y no dijo el día.

Al margen: «no dijo el día porque no hay qué segar. Es la primera vez en el libro que no se escribe el día de la siega. Dejo el renglón en blanco como estaba.»

Mes séptimo. Entró: ciento nueve medidas, de lo poco que se levantó en los campos de arriba. Salió: doscientas once. Quedan mil treinta y tres.

Al margen: «doscientas once porque vino gente de los campos y hubo que dar. La casa de Ilas autorizó ciento veinte y se dieron doscientas once, y el que firma abajo soy yo.»


Mes octavo, primer día. La casa de Ilas mandó cerrar el granero y puso dos hombres en la puerta.

Quedan mil treinta y tres medidas, de las cuales trescientas doce son semilla y están aparte, en el fondo, en sacos cosidos y sellados con cera.

Al margen: «vino gente todo el día. Conté a la gente y no al grano: cuatrocientas ochenta y una personas, y de esas, ciento sesenta y siete chicos.»

Mes octavo, cuarto día. Se pidió a la casa de Ilas que abriera. Contestó que no, y contestó lo que se contesta: que el grano que se come hoy es la siembra de mañana, y que el que abre en agosto mata en marzo.

Al margen: «tiene razón. Lo escribo porque tiene razón.»

Mes octavo, noveno día. Murieron dos chicos de la casa de una mujer llamada Lira, que hila, y que había estado en la puerta los nueve días.

Se anotan porque el granero anota los muertos de hambre, que es costumbre de este libro desde hace doscientos años.

Mes octavo, décimo día. Murió el tercero.


Mes octavo, día undécimo.

De noche se presentó en la casa de Lira un hombre a caballo, que llevaba máscara, con los ojos tallados cerrados y la boca abierta.

Le puso el Grano en las manos y le dijo estas palabras, que ella repitió delante de todo Oria y que se copian como las dijo:

«Esto es tuyo desde ahora. No hiciste nada para merecerlo y nadie va a poder quitártelo.»

Le preguntó qué tenía que hacer.

Le contestó que abriera.


Mes octavo, día duodécimo. Se abrió el granero.

Salió: mil treinta y tres medidas.

Al margen: «mil treinta y tres. Las trescientas doce de la semilla también. Se cortaron los sellos con un cuchillo de cocina y el que las contó fui yo.»

Quedan: nada.


Aquí se termina el libro del granero común de Oria, porque no hubo más entradas ni más salidas, y porque el que lo llevaba se fue de Oria en el mes noveno.

Del año siguiente no hay libro.


Declaración de Lira, de Oria, tomada en el mes noveno, que no sabe escribir y que dictó esto y pidió que se copiara entero.

Que ella no pidió nada y no fue a buscar a nadie.

Que tenía tres y no tiene ninguno, y que el tercero se murió el día antes.

Que le vio los dedos cuando le puso eso en las manos, y que los tenía manchados, y que ella pensó que era de la tierra.

Que cuando el hombre le puso eso en las manos ella todavía tenía al tercero en la casa, sin enterrar, porque el que Entierra a los de Nadie está a dieciocho jornadas.

Que abrió el granero y que lo abriría otra vez.

Que le dijeron que la semilla era la siembra y que ella contestó lo que va a contestar siempre:

—Yo no tengo marzo.

Que sabe lo que va a pasar el año que viene.

Que no le importa, y que eso también se escriba.


Nota del que anota. La casa de Ilas llevó el Grano cuatrocientos setenta años y lo abrió catorce veces, y las catorce están asentadas con el número de medidas y el nombre de quien autorizó.

Ésta es la quince y no la autorizó nadie.

Se me encargó anotar cuánta gente comió de las mil treinta y tres medidas y no se puede: comieron los de Oria y los que llegaron a Oria, y llegaron durante nueve días desde los campos y desde el desierto chico.

Lo que sí se puede anotar es lo otro, y lo anoto porque se me va a pedir cuenta: en el mes tercero del año siguiente, en Oria y en los cuatro pueblos que siembran de la semilla de Oria, no se sembró.


(otra letra)

Comieron cuatro mil doscientas personas y estuvieron vivas ese invierno.

Ese número no lo puso el que anota. Lo pusimos nosotros y lo contamos de una en una.

(otra letra, y no la misma)

Nosotros contamos los del año siguiente.

Las once perdidas

Tercer modo. No se sabe dónde están. Quien encuentre una entra al mundo sin linaje, sin permiso y sin deudas. De estas no hay talla en el registro: hay lo que se dice, y no coincide.

--- No se sabe dónde están. Quien encuentre una entra al mundo sin linaje, sin permiso y sin deudas. De estas no hay talla en el registro: hay lo que se dice, y no coincide.

62. El Nombre — en todas las copias del registro esa línea está raspada. La raspadura se llevó también la talla.

63. La que Abre — abría lo que estaba cerrado. Perdida hace cuatrocientos años. Se dice que no tenía agujeros para los ojos y que igual veía. Eso lo dicen los que venden llaves.

64. El que Recuerda por Todos — cuando se perdió, se perdió también lo que recordaba. Se dice que estaba tallada también por atrás, en la nuca.

65. La Segunda Cara — se dice que permitía llevar dos máscaras. Estaba prohibida antes de perderse. Se dice que eran dos, una dentro de la otra, y que la de adentro era la verdadera.

66. El que Vuelve — se perdió tres veces y apareció dos. Hay tres descripciones de su talla y no se parecen en nada.

67. La Guerra Vieja — anterior a la Guerra. Nadie sabe en qué se diferencian. Se dice que es igual a la Guerra, y ahí empieza el problema.

68. El que Cuenta lo que No Pasó — no se conserva ninguna de sus vidas. No se conserva descripción, y hay quien sostiene que tampoco se conserva porque no hubo.

69. La Madre de las Máscaras — se dice que las hizo todas. Se dice también que eso es mentira. Se dice que era de una madera que ya no hay en el mundo.

70. El Silencio — ninguno de los que la llevaron dijo nunca nada de ella. Tampoco de la talla.

71. El que Paga — saldaba una deuda cualquiera, una vez en la vida. Se perdió el año en que más falta hacía. Se dice que tenía la boca llena de monedas talladas y que no se podía contar cuántas.

72. El Heredero — designaba sucesor para cualquier máscara. Se perdió y nadie la buscó. Madera clara sin pintar. Los ojos tallados cerrados. La boca abierta.


Y al final de todas las copias del registro, sin número y sin nombre, dibujada como un óvalo vacío, está la máscara lisa.

Septuagésima — El Silencio

De las perdidas. De esta máscara no se conserva ningún testimonio, ninguna vida, ningún nombre y ninguna ley.

Lo que sigue no lo escribió el que compila. Son inscripciones, y van copiadas como se encontraron, con los huecos donde están.


Del registro de la Casa, tercer modo, línea setenta.

El Silencio. Ninguno de los que la llevaron dijo nunca nada de ella.

Debajo, la columna de la tenencia. Está trazada, con sus renglones, y no tiene una sola letra.


De la tabla de Turma, en el reverso, grabado con clavo y no escrito con el carbón.

no le pidas nada está oyendo


De una pared del galpón de la sal, en Vera. Letra de mujer, dicen ahí.

Vino una vez a esta casa y estuvo sentada toda la noche y no le hablamos porque no se le habla.

A la mañana se ⸢ ⸣ y mi hija durmió.


Del margen de una copia del registro, en Arca. Otra letra, y vieja.

Los que dicen que se perdió no leyeron bien. Dice que ninguno dijo nada de ella.

No dice que ninguno la lleve.


De la misma copia, más abajo, y no la misma letra.

Eso es lo que dicen todos los que quieren una.


De una piedra en el camino de Aris, tumbada y usada de escalón, por lo que falta el principio.

⸢ ⸣ y el que se calla por oficio y el que se calla porque no le dieron nada que decir se parecen de espaldas y no se parecen de frente.


De un canto que se canta a los chicos que no se duermen, en once ciudades y con la letra cambiada en todas.

Duérmete que está en la puerta. Duérmete que no dice nada. Duérmete que si te oye no se lo cuenta a nadie.


De la tabla de Turma otra vez, dos renglones más abajo y con otro clavo.

yo escribí lo de arriba y era mentira no está oyendo no hay nadie


Del reverso de una hoja del libro de audiencias del Perdón, año seiscientos ochenta, en una copia que se vende en Larén.

Le pregunté al que lleva el Perdón por la setenta y me contestó lo que contesta.

Le pregunté al Sordo y no puede.

Le pregunté al que Puede Decir, que puede decirle cualquier cosa a cualquiera sin castigo, y me dijo que él dice, no sabe.


De una pared en Pero, escrita este año, con carbón, a la altura de un hombre sentado.

Aquí duerme gente desde el mes segundo.

Ninguno de los que duermen aquí ha oído hablar nunca de la setenta.

Ninguno de los que duermen aquí sabía que había setenta y dos.


De la última hoja de todas las copias, después del óvalo vacío.

Aquí, en algunas copias, hay una línea raspada. En otras no hay nada raspado y tampoco hay línea.

En la copia de Idria, al borde de la raspadura, se lee media palabra: hermana.


De la tabla de Turma, en el borde de abajo, muy chico, en la letra de alguien que escribió arriba alguna de las otras cosas.

setenta y una son de los hombres una es de nadie y la que no tiene número no es de nadie tampoco y por eso son dos

Decimonovena — El Rehén

De linaje. Casa de Mera. Testimonio de uno que la llevó, tomado por escrito y sin corregirle nada, en el año setecientos cincuenta y ocho de la Casa.


Me entregaron a los seis años y no me acuerdo del viaje.

Me acuerdo de que era invierno y de que mi madre me puso dos camisas, una encima de la otra, porque decía que en la casa de Vaila hacía más frío. No hacía más frío. Está a medio día de camino. Pero eso lo supe mucho después, y cuando lo supe entendí que ella necesitaba pensar que me mandaba a un lugar peor, para poder despedirse.

La máscara me la colgaron del cuello con un cordón, porque a los seis años no me entraba. Es de madera verde, sin curar, y por eso se raja despacio y hay que untarla con aceite dos veces al año. Es fea. Todas las otras son mejores que ésta.

Nadie me preguntó si la quería. Es la única de las setenta y dos que se pone sin preguntar, y por eso hay quien dice que no debería contarse entre las máscaras. Yo digo que sí, porque si no se cuenta, entonces lo que me pasó a mí no le pasó a nadie.


Lo que hace el Rehén lo sabe todo el mundo y es simple: mientras yo estuviera vivo en la casa de Vaila, la casa de Vaila y la casa de Mera no podían hacerse la guerra.

Si me mataban ellos, se rompía la paz y todos los que tenían pacto con Mera les caían encima. Si me mataba yo, lo mismo. Si me moría de fiebre, no: para eso hay una fórmula, y la fórmula distingue la mano del cielo.

Así que yo era, a los seis años, la cosa más cuidada de esa casa. Me daban de comer antes que a los suyos. Me abrigaban más. Cuando me subí al techo por un pájaro, la mujer que me criaba se puso blanca y no me pegó. A Coro sí le pegó, y Coro no había hecho nada.

Tenía ocho años. Desde esa noche, cuando me servían primero, yo empujaba el plato hacia Coro, y ella lo volvía a poner en su lugar sin decir nada, todas las veces, durante nueve años.


La mujer se llamaba Damia y no era mi madre y me crió.

Coro era su hijo y tenía mi edad y fue mi hermano.

Aprendí a leer con ellos. Aprendí a montar con el padre de Coro, que era el hombre que habría dado la orden de matarme si las cosas se hubieran dado vuelta, y que me enseñó a montar con paciencia, gritándome poco, y que una vez caminó cuatro horas conmigo porque yo estaba triste y no le decía por qué.

En esa casa fui feliz.


Una vez por año, el día del pacto, me llevaban al salón delante de todos y me probaban la máscara.

Ése es el rito y no tiene más que eso: te la ponen sobre la cara, ven que no entra, la sacan y te la vuelven a colgar del cuello. Dura lo que se tarda en contar hasta diez.

Porque el Rehén deja de serlo el día que la máscara le entra. Ese día ya es un hombre, y un hombre no sirve de rehén, y la paz hay que renovarla con otro chico.

Yo me la probaba a escondidas. Todos lo hacen. Subía al altillo y me la ponía y sentía cuánto faltaba, y cada año faltaba menos, y hubo una época —tendría trece— en que ése era el mejor momento del año.

Después hubo otra época en que dejé de subir.


Me entró a los diecisiete, en el día del pacto, delante de sesenta personas.

Se hizo un silencio raro, que después supe que se hace siempre. Damia se tapó la boca con la mano. El padre de Coro miró al piso. Y yo me quedé parado con la cara tapada por primera vez en mi vida, mirándolos a todos por dos agujeros, y lo primero que pensé, y me da vergüenza, fue que por fin no me veían la cara.

Esa misma semana me llevaron de vuelta a Mera.


En Mera me esperaba mi familia, que había mandado a buscarme cuatro veces en once años y a la que nunca le habían dejado verme, porque está prohibido y con razón: un rehén que ve a los suyos deja de valer.

Mi madre me abrazó y era una mujer bajita a la que yo no conocía. Mi padre me dio la mano. Tenía dos hermanos que habían nacido después de que yo me fuera y que no sabían de mí más que el cargo.

Fueron buenos conmigo. Todos fueron buenos conmigo.

Me llevó cuatro años comer en esa mesa sin pedir permiso para levantarme.


A los treinta y uno se firmó otro pacto y me tocó a mí entregar.

Elegí a mi hijo mayor, que tenía seis años, y le colgué yo mismo la máscara del cuello, con el mismo cordón, que es el mismo desde hace doscientos años y se cambia solo cuando se corta.

Le dije lo que a mí no me dijo nadie, que fue esto: que en esa casa lo iban a cuidar más que a nadie, y que eso no era lo mismo que quererlo, y que igual iba a querer a la gente de ahí, y que estaba bien, y que no era traición.

Después lo vi irse por el camino con dos camisas puestas, porque su madre le dijo que allá hacía más frío.


Me preguntan de qué casa soy. Me lo preguntaron toda la vida y siempre contesté lo mismo, que soy de Mera, porque es la verdad y porque es lo que se contesta.

Pero el que escribe esto lo escribe para después de mi muerte, así que voy a decirlo una sola vez.

Cuando se murió Damia, y me llegó la noticia con seis días de atraso, yo estaba comiendo. Dejé el plato, salí al patio y me quedé ahí hasta la noche.

Cuando se murió mi madre, en Mera, la enterré, hablé en la puerta, recibí a los que vinieron, y me porté como se tiene que portar un hijo, y todos dijeron que me porté bien.


De la máscara: es de la casa de Mera y está en la casa de Vaila, que es donde tiene que estar. La lleva ahora un chico que todavía no llega a los diez años y que, dicen los que van, se ríe mucho.

Primera hoja del registro de la Tregua

Año ochocientos doce de la Casa, mes noveno, en la aldea de Pero. Mandada hacer por el que lleva la Tregua, que no sabe leer y que llamó al que lleva el Escribiente y lo hizo venir cuatro jornadas.

Lo pagaron los que duermen en el patio: cuarenta y una monedas de once cuños. Se ofreció además un anillo, y no se tomó.

Los dieciocho primeros asientos los dictó él de memoria, en orden, con los días y los números. Se le leyeron dos veces y a la segunda cambió una palabra.

El asiento decimonoveno se tomó en la puerta, al día siguiente, y por eso es el único que trae lo que se dijo.


De lo que se escribe en esta hoja

Dictado por el que la lleva, y copiado como lo dijo:

Quién vino.

Qué día.

Cuántos muertos dijo en la puerta, y cuántos nombres de esos muertos.

Si fue o no fue.

Y por qué, siempre.

Y se escribe aunque no sea guerra.


Asientos

Primero. Casa de Ubal. Mes primero, día vigésimo séptimo. Dijo ochenta y seis muertos. Dijo once nombres. Fue. Porque fueron a pedirlo.

Segundo. Bado, de Pero, por la tierra de arriba, contra su hermano. Mes primero. No fue. No es guerra.

Tercero. Casa de Solma. Mes segundo. Dijo treinta muertos y ningún nombre. No fue. No hay guerra. Hay hombres armados.

Cuarto. Un enviado del rey Ordas. Mes segundo, día undécimo. No pidió tregua: pidió que no fuera a ninguna parte en todo el año. Ofreció tierra en el camino de Aris y una casa de piedra. No fue. Se asienta lo que ofreció porque lo dijo delante de once personas.

Quinto. Una mujer de Larén, por un chico enfermo. Mes segundo. No fue. No es guerra. Se quedó dos días y comió en la casa.

Sexto. Casa de Nera. Mes cuarto, día sexto. Dijo noventa y seis muertos y ningún nombre. No fue. Es la misma guerra de Ubal, y en esa guerra ya se pidió.

Séptimo. Casa de Idria. Mes quinto. Mandó un escrito y no mandó a nadie. No fue. Se pide de pie y en la puerta.

Octavo. Ovid, de un pueblo del norte, solo y sin casa. Mes quinto. Dijo cuarenta y dos muertos y cuarenta y dos nombres, por una guerra que terminó hace once años. No fue. Se le dijo que ya no hay guerra. Contestó que en su casa sí.

Noveno. Casa de Ansa. Mes sexto, día segundo. No vino a pedir tregua: vino a pedir la máscara. No fue. No es pedido de tregua. Se asienta porque se dijo en la puerta y en voz alta.

Décimo. Dos casas de Orma, el mismo día, contra el mismo. Mes sexto. Una dijo sesenta y un muertos y la otra dijo ochenta y cinco, y son los mismos muertos. No fue. No hay guerra declarada por la Guerra. Se asientan las dos cifras porque las dos se dijeron.

Undécimo. Casa de Ubal, segunda vez. Mes sexto, día vigésimo. Vino Oro, capitán. Dijo ciento cuarenta y nueve muertos y ciento cuarenta y nueve nombres. No fue. Ya se pidió en esta guerra.

Duodécimo. Un hombre de Vera. Mes séptimo. Pidió que fuera hasta su casa y que lo vieran los vecinos. No fue. No es guerra. No pidió nada más.

Decimotercero. Casa de Solma, segunda vez. Mes séptimo. Dijo cuarenta y cuatro muertos y ningún nombre. No fue. Lo mismo que la primera vez.

Decimocuarto. Casa de Ilas, de Oria. Mes octavo, día quinto. Dijo ciento nueve muertos de hambre y ningún nombre. No fue. El hambre no es guerra. Se asienta igual, porque se dijo en la puerta.

Decimoquinto. Casa de Aris. Mes octavo. Ofreció doscientas monedas y dijo que las traía por si hacían falta para el camino. No fue. No hay guerra. Se le devolvieron las doscientas y él las contó.

Decimosexto. Casa de Nera, segunda vez. Mes octavo. Dijo ciento treinta y un muertos y ningún nombre. No fue. Ya se contestó en el mes cuarto.

Decimoséptimo. Un hombre que no dijo su casa. Mes octavo. Preguntó cuánto costaba. No fue. No se le contestó.

Decimoctavo. Un enviado del rey Ordas, segunda vez. Mes noveno, día séptimo. Vino a preguntar si pensaba ir a la guerra del rey. No fue. No se le contestó, y él pidió que se asentara que no se le contestó.


Decimonoveno. Casa de Ubal, tercera vez. Mes noveno, día undécimo. Vino Rean, de la casa de Ubal, que ya había venido en el mes primero.

Dijo doscientos cuarenta y un muertos.

Dijo doscientos cuarenta y un nombres.

Los trajo escritos en una hoja aparte, que va cosida a ésta. La hoja está escrita con cuatro letras distintas, porque él tampoco sabe escribir y se los hizo escribir por el camino a quien supiera. Hasta el renglón once son los que sabía. Del doce al ochenta y seis son los que fue a buscar. Del ochenta y siete en adelante son los de estos ocho meses.

Los dijo todos de pie, en voz alta, sin leer, porque no puede leer, y sin equivocarse.

Tardó lo que se tarda en contar hasta setecientos.


Y lo que se dijo después, tomado en la puerta.

Damo. —¿Dónde están ahora?

Rean. —En el vado de Nera. Los dos.

Damo. —¿Cuántos lleva Nera?

Rean. —No sé.

Damo. —Noventa y seis en el mes cuarto. Ciento treinta y uno en el mes octavo. Eso dijeron acá.

No se contestó.

Rean. —Vengo a pedirla para el vado.

Damo. —Ya se pidió.

Rean. —La pedimos para levantar a los muertos del campo. Yo levanté la mano por eso.

Damo. —Ya sé.

Rean. —Usted puede ir igual. No hay ley que se lo impida y no hay quien lo juzgue. Lo pensé cuatro días en el camino y no encontré quién.

Damo. —Ya sé.

Rean. —¿Entonces?

Damo. —No voy.

Se le preguntó por qué, porque en esta hoja se escribe siempre por qué, y no lo dijo.

No fue. No consta.


Preguntado Rean de Ubal si quería que se le devolviera la hoja de los nombres, contestó que no, que en Ubal ya no queda quién los diga en voz alta, y que la dejaba aquí.

Preguntado si tenía algo más que decir, dijo que sí, y dijo esto, y pidió que se escribiera al pie del asiento y no aparte:

—Yo sabía que iba a decir que no. Vine igual, porque acá los escriben.

Y se volvió al vado, que está a cuatro jornadas.


De lo contado en esta hoja

Pedidos asentados, del mes primero al noveno: diecinueve.

Fue: uno.

No fue: dieciocho.

De los dieciocho, no eran guerra: ocho.

Pedidos por una guerra en la que ya se había pedido: cuatro.

Muertos dichos en voz alta en esta puerta, en nueve meses: mil setenta y cuatro.

Nombres dichos: cuatrocientos cuarenta y tres.


Nota del que anota.

Esta hoja la mandó hacer el que lleva la máscara, y no la Casa. En el registro de la Casa esta hoja no está, y no hay dónde ponerla.

Fui a mirar lo de Ilder antes de venir, porque me lo iban a preguntar. En treinta y un años hay once asientos y los once dicen que fue. No hay ninguno que diga que no fue. No hay ninguno que diga cuántos fueron a pedir.

Aquí hay diecinueve en nueve meses.

Se me pagó con cuarenta y una monedas de once cuños distintos y las conté yo.

Se me encargó además escribir arriba de todo, en la primera línea de la hoja, la palabra que él cambió en la segunda lectura. No la escribo aquí porque ya está escrita ahí.


(otra letra)

Los cuatrocientos cuarenta y tres nombres se leen enteros una vez al año, y se tarda lo que se tarda, y el que se cansa se sienta y sigue sentado.

La hoja de las cuatro letras la vimos nosotros. Está.

Legajo de lo que entró en la casa del rey Ordas

Año ochocientos doce de la Casa, mes undécimo, en el campamento del rey Ordas, en la llanura de Sema, contra las cuatro casas de Sema, guerra declarada por la Guerra hace siete meses.

Me llamó el rey y me pagó, y me pidió que levantara constancia de que él no peleó un crimen. Se copia el legajo entero, en el orden en que entró, y la declaración del rey al final.

Se copia también la última hoja, que está en blanco, porque se me pidió copiar el legajo entero.


Día noveno

Parte de Barda, capitán, escrito en el campo a media mañana.

«Entró un hombre solo por el lado del río, a pie, sin caballo y sin nadie. Llevaba máscara.

Caminó hasta el medio, dio una vuelta entera despacio y se paró.

Pregunté a las dos líneas quién lo había llamado. Nadie lo llamó.

Bajé yo mismo y le pregunté a quién venía. No contestó.

Planté las lanzas, que es lo que se hace. Los de enfrente plantaron las suyas antes que nosotros.

Teníamos novecientos catorce hombres.»


De la casa de Ovia.

«Se hace saber al rey Ordas que la casa de Ovia retira hoy sus ciento veinte hombres del campo de Sema. El pacto que tenemos con él es pacto de guerra. Hoy no hay guerra. El pacto queda entero y se cumplirá el día que la haya. No es contra él.»

De la casa de Redo.

«Se hace saber que la casa de Redo retira hoy sus ochenta hombres. El pacto es de guerra y hoy no hay guerra. No es contra él.»

De la casa de Ilba.

«Retiramos hoy nuestros cuarenta y dos. No es contra él.»

De la casa de Tera.

«Hoy no hay guerra.»


Día décimo

Del que lleva la Sal.

«No se sella carga con destino al campo de Sema mientras haya lanzas plantadas. No obedezco a nadie y esto no es contra ti.»

Del que lleva el Grano.

«Los graneros comunes de Sema y de las cuatro comarcas quedan cerrados a lo que no sea comida de la gente. No obedezco a nadie y esto no es contra ti.»

Del que lleva el Hierro.

«No se forja arma nueva en las comarcas de Sema hasta el cuarto día. No obedezco a nadie y esto no es contra ti.»


De la que Presta.

«Las cuatro mil monedas que tomó el rey Ordas en el año ochocientos once vencen el día que se dijo. Se hace saber que no se renuevan.»


Día undécimo

De las cuatro casas de Sema.

«Nuestros hombres tampoco se mueven, porque también son tres días para nosotros.

Al cuarto día ofrecemos lo siguiente: que se retire de la llanura, que deje las dos torres del vado y que pague lo de la primavera.

Se hace saber que esta oferta baja cada mes.»

De la Corona.

«Recibida su carta sobre el día de su hijo Nedo. Se contestará.»

De la Casa de las Caras, firmada por un copista.

«Sobre lo que se pregunta: la Casa no informa sobre personas, ni sobre las que están vivas ni sobre las que no.

Se hace saber además que la Casa no ha recibido ninguna petición de tregua para el campo de Sema, ni de su parte ni de ninguna otra, y que de eso no lleva registro porque no hay dónde llevarlo.»


Lista de los que salieron de la casa del rey entre el día noveno y el undécimo, hecha por el mayordomo porque se la pidieron.

Once. Dos cocineros, el que lleva las cuentas, cuatro mozos de tienda, dos mujeres de la cocina, el que escribe las cartas.

Y el maestro de caballos, que se llevó los suyos porque eran suyos.


Día duodécimo

Declaración del hombre que fue mandado a Pero y volvió, tomada el mismo día.

Que llegó a Pero en cinco jornadas y esperó en el camino como espera todo el mundo.

Que ya había ido dos veces, en el mes segundo y en el mes noveno, y que las dos veces lo hicieron esperar lo mismo que a los demás.

Que preguntó por qué había ido a Sema, y que no se le contestó.

Que preguntó si iba a volver, y que no se le contestó.

Que preguntó si quería algo, y que no se le contestó.

Que contó la gente que duerme alrededor de esa casa, porque se lo iban a preguntar, y que contó ciento noventa y uno.

Que en el mes segundo, cuando fue la primera vez, había cuarenta y seis.


Parte segundo de Barda, capitán.

«Al cuarto día se levantaron las lanzas y no pasó nada, porque no hay con quién.

Se fueron por los pactos trescientos tres hombres. Se fueron sin pacto y por su cuenta setenta y nueve.

Quedan quinientos treinta y dos.

Los de enfrente están enteros.»


Declaración del rey Ordas

Dictada el día duodécimo. Pidió que se escribiera con estas palabras y no con otras.

—Yo no peleé un crimen. Mandé plantar las lanzas la misma mañana y en tres días no se movió ninguno de los míos, y eso lo pueden decir los que estaban y los de enfrente también.

—A mí no me lo pidió nadie.

—Quiero que quede escrito que vino sin que nadie lo llamara, y que eso no se hizo en ochocientos años, y que yo cumplí una ley que no me alcanzaba.

Se le preguntó ante quién se presenta este documento.

Contestó que ante quien corresponda.

Se le hizo saber que no corresponde ante nadie: que el Juez juzga lo que las casas no pueden juzgar entre sí y un rey no es una casa; que entre máscaras no hay quién juzgue a quién; y que en ninguna parte está escrito que la Tregua tenga que esperar a que se la pidan, porque a nadie se le había ocurrido escribirlo.

Preguntó quién puede escribirlo ahora.

Se le contestó que nadie, porque para eso habría que decir cuál máscara vale más.

Pidió entonces que se escribiera igual todo lo anterior.

Se escribió igual, porque no puedo negarme.


Del que copia.

El legajo lo mandó coser el rey en el orden en que le llegó, y así lo copio.

La última hoja está encabezada, con su letra, y debajo no hay nada. La copio como está.


De la Guerra.

Cuadragésima cuarta — El Contador de Días

Copia de la cara interior de la máscara, muesca por muesca, con lo que hay escrito al lado de cada una y en el orden en que está.

La mandó hacer la Casa de las Caras en el año setecientos setenta y seis, porque quedaba lugar para menos de cuarenta muescas y había que decidir qué se hace. Se discutió en sesión y no se resolvió, y por lo tanto no se hizo nada.

Se copia entera. Lo que está raspado se copia como raspado.


Es de las que se ganan. La elige la Casa.

Es la más pesada de las setenta y dos y deja marca en la cara del que la lleva.

Está cortada recta a los dos lados, sin curva donde van las sienes, y el borde de arriba es plano y ancho, de un dedo y medio.

No hay otra de las setenta y dos que tenga un borde así.

Está hecha para que se pueda marcar en ella, y eso no se explica.


De su potestad

Dice qué día es y qué año es.

Se le pregunta cuando hay que fechar algo que tiene que durar: un pacto entre casas, una condena larga, una deuda a plazo, la edad de un rehén.

Lo que él dice es el año. No hay contra qué compararlo, porque lo que se compararía es él.

Y puede decir que un año no fue.


De la copia

De la primera a la ciento cuarenta. No hay nada escrito al lado de ninguna.

Junto a la primera, con otra herramienta y mucho después, hay cuatro palabras:

«Ésta no es el año uno.»

No dice cuál es. No hay nada más de esa mano en toda la madera.

Ciento cuarenta y una. «Desde aquí las hice yo.»

Doscientas nueve. «Este año no lo marqué el día que era. Lo marqué después. No digo cuánto después.»

Doscientas ochenta y ocho. «Conté hasta aquí y me dio doscientas ochenta y siete. Volví a contar.»


Trescientas cuarenta. Raspada. La madera está lisa y se ve el hueco entre la trescientas treinta y nueve y la trescientas cuarenta y uno.

Al lado: «Se declaró que este año no fue.»

Y debajo, con otra herramienta: «Yo nací en él.»

Trescientas cuarenta y una. «Desde aquí se resta uno a todo lo escrito antes. Las copias viejas no se corrigen, porque no se puede corregir lo que ya se copió.»


Cuatrocientas dos. «Hasta el borde caben quinientas quince.»

Es la primera vez que alguien mide.

Cuatrocientas sesenta. «Las de abajo las hice más chicas para que quepan más. Son las mismas y valen lo mismo.»

Debajo, otra mano: «No se hace.»

Y más abajo, una tercera: «Se hace.»

Quinientas. «Quedan cuatrocientas sesenta y una, porque las de abajo entran de a dos.»


Quinientas ochenta y siete. No hay nada escrito al lado.

Seiscientas doce. «Éste es el año en que se me pidió que dijera que era otro. Dije que no.»

Debajo, otra mano: «A mí me lo pidieron dos veces.»

Setecientas cuatro. «Éste es el año del incendio de Vera.»

Debajo, otra mano: *«Aquí no se escribe lo que pasó. Aquí se cuenta. No lo raspo porque no me toca raspar.»

Setecientas cincuenta y ocho. No hay nada escrito al lado.


Setecientas setenta y una. «El que venga después va a tener que decidir. Yo no.»

Debajo, y es la última letra que entró en la madera: «Yo tampoco.»

Setecientas setenta y seis. La última al día de esta copia.

Al lado: «Queda lugar para treinta y cinco.»


De lo contado

Muescas: setecientas setenta y seis.

Raspadas: una.

Muescas con algo escrito al lado: trece.

Manos distintas: nueve.

Hombres y mujeres que la llevaron desde que hay registros: veintinueve y nueve.

De los años que la gente recuerda y cuenta en las plazas no hay ninguno marcado distinto de los otros. Todos los años tienen la misma muesca y miden lo mismo.


De lo que se discutió en la sesión del año setecientos setenta y seis, que consta en el acta y que se resume aquí porque el acta es larga y no dice nada más:

Se propuso marcar en el borde de abajo. Se contestó que el borde de abajo no es borde, que es donde la máscara termina.

Se propuso marcar más chico, como se hizo en la cuatrocientas sesenta. Se contestó que entonces habría que decidir cuánto más chico, y que eso lo tendría que decidir alguien.

Se propuso hacer otra máscara. Aquí el acta dice que nadie contestó.

Se resolvió esperar.


Esta copia la pedí a la Casa y me la dieron. Es la única que hay y no se ha vuelto a tomar en treinta y seis años.

Fui a ver la máscara. Se me dejó verla y no tocarla, que es lo que corresponde.

Conté las muescas y me dio ochocientas siete. Volví a contar y me dio ochocientas diez.

La tercera vez no conté.

Lo que sí vi, y eso no hay que contarlo: del lado de la sien izquierda ya no queda borde. La última muesca hecha está en la esquina.


(otra letra)

Nosotros las contamos y nos dio distinto las dos veces, y las dos veces estuvo bien.

(otra letra, y no la misma)

Están todas y son las que tienen que ser. Lo que no está es el año que sacaron, y ése lo contamos igual, y ése es el nuestro.

Relación de las horas

Año ochocientos doce de la Casa, mes duodécimo. Mandada hacer por Belmar, de la Casa de las Caras, al día siguiente de entregada la máscara, para saber en qué hora se perdió esto.

Se tomó a cada uno por separado y se le preguntó nada más que la hora. Las horas que no coinciden se dejan las dos.

Se pidieron horas exactas. No hay horas exactas: el que decía qué día era estaba muerto, y de las horas no dice nada nadie.


Día primero

De noche, entre la segunda y la tercera vigilia. Murió en su casa de Arca el que llevaba el Contador de Días. La llevó desde el año setecientos setenta y tres y marcó treinta y nueve muescas. Tenía setenta y un años.

Declara Neva, que lo cuidaba desde hacía once años, que estaba despierta y que él no dijo nada.

Antes del amanecer. Neva salió a la calle y no supo a quién avisar, porque el que llevaba el Contador no tenía casa ni parientes, y estuvo un rato en la puerta.

Declara que después se acordó de que había que avisar a la Casa y fue.

Cuando abrieron la puerta de la Casa. Se supo en la Casa.

Antes de que la sombra del muro llegara al escalón. Salió Tesa hacia la casa del muerto, a custodiar los tres días y a traer la máscara al cuarto, que es lo que manda la ley y lo que se hizo en Ansa en el mes primero.

Se hace constar que esta vez se mandó a la hora y que se llegó a la hora.

Cuando Tesa llegó. La máscara estaba sobre el pecho del muerto. Estaba.

Declara Tesa que la miró y que no la tocó, y que se sentó al lado y no se movió de ahí.


Día segundo

Al amanecer. La Casa se reunió para tratar la sucesión.

Se hace constar lo que se dijo en ese punto, porque después se preguntó: que hasta el cuarto día la máscara es del muerto y no se puede nombrar a nadie, y que eso no se discutió, y que nadie propuso apurarlo.

A media mañana. Belmar propuso un nombre y la presidencia lo dejó para el cuarto día.

Preguntado Belmar, en esta relación, cuál era el nombre, contestó que eso no hace a la hora.

Cuando encendieron las lámparas. Se presentó en la puerta de la casa del muerto un hombre a caballo que llevaba máscara, con los ojos tallados cerrados y la boca abierta.

Declara Tesa que no entró y que no bajó del caballo.

Declara que ella se paró en la puerta y que no lo tocó ni le preguntó el nombre, porque no se puede.

Declara que él le preguntó si era de la Casa de las Caras y que ella dijo que sí.

Declara que él dijo entonces:

—El Contador de Días es de Teor, de la casa de Ansa, desde ahora. Díselo tú, con estas palabras:

«Esto es tuyo desde ahora. No hiciste nada para merecerlo y nadie va a poder quitártelo.»

Declara Tesa que le pidió que las repitiera y que él las repitió, y que se las hizo repetir una vez más y que no cambió ninguna.

Declara que después se fue por la calle del norte y que ella no salió detrás porque no podía dejar la máscara sola.

Declara además, y pidió que se anotara aparte, que el caballo estaba cansado y que venía del norte y no del sur.

Antes de la primera vigilia. Tesa mandó a un mozo con el aviso a la Casa. El mozo llegó.

Se hace constar que Tesa no dejó la casa del muerto en ningún momento de los tres días, y que eso consta por seis personas.


Día tercero

Toda la noche y todo el día. No se resolvió nada, porque no se puede resolver nada hasta el cuarto día.

Preguntados los tres que estaban, declaran los tres lo mismo: que se habló de si el aviso valía, y que se acordó que valía, porque lo dijo un enmascarado delante de alguien de la Casa y no hay manera de desmentir eso.

Y declara uno de los tres, y los otros dos no lo desmienten, que se habló también de qué se le iba a preguntar al nombrado el cuarto día, y que lo que se le iba a preguntar era sobre el año en curso.

Y declara el mismo, y los otros dos tampoco lo desmienten, que Belmar dijo que había llegado tarde por un día.


Día cuarto

Al amanecer. Se lavó con vino y se recogió la máscara.

A continuación. Se contaron las muescas delante de cuatro personas, que es lo que se hace cuando una máscara con cuenta cambia de mano.

Dieron ochocientas once.

Se hace constar que el año ochocientos doce no está marcado.

Preguntada Neva si él había marcado algo este año, declara que no lo vio marcar nada en todo el año y que él no dijo por qué, y que ella tampoco preguntó.

A media mañana. Salieron dos de la Casa hacia Ansa, con la máscara, a entregarla.

Dos jornadas.


Día sexto

Cuando cerraron el mercado de Ansa. Se le ofreció a Teor, de la casa de Ansa, que cumplió veinte años en el mes octavo.

Dijo que no.

A continuación. Se le volvió a ofrecer, y se le dijeron las palabras como se mandó decirlas.

La tomó.

Se hace constar que preguntó dos cosas antes de tomarla y que se le contestaron las dos.

Preguntó si el que la traía sabía cuántas muescas tenía. Se le dijo que ochocientas once.

Preguntó si el año ochocientos doce estaba marcado. Se le dijo que no.


A continuación, y esto se anota porque se me pidió anotarlo entero.

Se le preguntó a Teor, de parte de la Casa, si va a declarar sobre el año ochocientos doce.

Contestó que no.

Se le preguntó por qué.

Pidió que le mostraran el borde.

Se le mostró. Puso el dedo en la esquina y lo dejó ahí.

Y dijo:

—No hay dónde.

Se le preguntó qué año es entonces.

Contestó que ochocientos doce.

Se le preguntó cómo lo sabe, si no está marcado.

No contestó.


De lo preguntado después

Belmar mandó preguntar además tres cosas, y se preguntaron, y se anotan aquí porque están en la misma relación.

Primera: en qué hora se supo en Ansa que había muerto. Se supo el día tercero, a la tarde, por un carro.

Segunda: en qué hora se supo en el camino del norte. No se pudo establecer.

Tercera: quién en Arca supo de la muerte antes de que se reuniera la Casa.

A la tercera se contestó: los que abrieron la puerta, los que estaban de guardia esa noche, y los copistas, que entran antes que nadie porque tienen que dejar puestas las hojas.

Preguntó Belmar cuántos copistas entraron esa mañana.

Se le contestó que once.

Y ahí se cortó esta relación, porque lo que se preguntó después no se preguntó a la hora.


Nota del que anota.

Esta relación la levanté yo y me la pagó la Casa, y es la primera vez que la Casa me paga a mí para saber algo de la Casa.

El año ochocientos doce no está marcado y no lo estuvo nunca. No lo dejó de marcar Teor: no lo marcó el muerto, que tuvo el año entero para hacerlo y no dijo nada a nadie, y que hace treinta y seis años escribió en la madera, debajo de lo que escribió el anterior, dos palabras.

Las dos palabras eran: «Yo tampoco.»


(otra letra)

El año ochocientos doce existió. Nosotros estuvimos en él.

(otra letra, y no la misma)

No existió. Por eso empezamos a contar de nuevo.

Año noventa y siete de Pero.

Las dos caras de una hoja

Año ochocientos trece de la Casa, mes primero, en Arca.

Se copian las dos caras porque están en la misma hoja y no me toca separarlas. No tienen relación entre sí. En la Casa se escribe de los dos lados desde hace ochocientos años y esto no se hizo a propósito.

Y se hace constar que este documento dice año ochocientos trece. No hay muesca del ochocientos doce ni del ochocientos trece. La Casa fecha por el registro, y el registro se hace en la Casa.


# Cara primera

Orden de trabajo para la octava copia del registro

Dada por Belmar, de la Casa de las Caras, de su puño, para los copistas.


De por qué se hace.

La séptima copia se hizo hace ciento cuarenta y un años. Se le añadieron hojas y las hojas añadidas están en once letras.

Se cotejaron los traspasos del segundo modo de los últimos seiscientos años, que son novecientos treinta y uno.

De ellos, veintinueve no traen el nombre de quien eligió en la Casa. Traen la fecha y la firma del copista.

De esos veintinueve, siete corresponden a hombres de los que hay memoria pública.

No se dice más aquí.


De cómo se copia.

Primero. Se copia todo lo que está.

Segundo. Donde haya dos letras en un mismo asiento, se copia con una.

Tercero. Donde el asiento no traiga el nombre de quien eligió, se pone: por la Casa. La Casa autoriza todo lo que está en el registro, y lo que está en el registro está autorizado por la Casa. Los veintiocho asientos sin nombre se completan según esta regla.

Cuarto. Las glosas de los márgenes no son registro y no pasan.

Quinto. Lo raspado no se copia como raspado. Se copia lo que quedó.

Sexto. Las hojas añadidas se ordenan por fecha y no por hoja.

Séptimo. Donde una fecha no corresponda a ningún año de la Casa, se corrige al año más cercano que corresponda.

Octavo. No se compara una copia con la otra. Cuando la octava esté hecha, la séptima se guarda y no se consulta.

Se hace constar que no se destruye nada.


De las glosas que no pasan.

Están en catorce letras. Trece se identifican con copistas asentados. Una no.

Se anotan aquí las que los copistas van a encontrar, para que no pregunten:

«Aquí faltan dos hojas y las tenía yo.»

«Esto lo firmé sin leerlo.»

«El de arriba no lo eligió nadie.»

«No se perdió.»

La letra de esta última no corresponde a ninguno de los copistas asentados en seiscientos años. Se copia el dato porque los copistas van a preguntar.


De quiénes.

Se asigna a los copistas de la Casa, que son diez, y a ninguno de fuera.

Ovin. Sero. Lida. Tarno. Emis. Rado. Nesia. Volo. Isa. Meron.

Se les manda no hablar de este trabajo, y se les hace saber que no se les puede obligar a callar y que se les pide igual.

Firmado: Belmar.


# Cara segunda

Asiento séptimo de la genealogía de la casa de Oren

Recibido en la Casa para su asiento en el registro. Se copia como vino.


Séptimo. De Oren sexto y de Rasa segunda: dos hijos, que viven.

Y está escrito lo siguiente, y se copia entero porque así vino:

«El año ochocientos trece, a pedido del primogénito, la Sangre dijo que Sira no es de la casa de Oren.

Se leyó en la puerta, delante de siete personas.

No estaba presente. No se la citó, porque no se cita.

Uno de los siete pidió que se dijera por qué, y se le contestó que no corresponde.

Se le dio un día para sacar lo suyo. No tenía nada en la casa y no se sacó nada.

Tenía treinta y siete años. Tenía marido y un hijo.

El hijo quedó sin casa el mismo día, por ser hijo de quien no es de ninguna.»

Y debajo, en la misma hoja y con la misma letra, esto:

«Se hace constar que la casa de Oren pagó a la casa que lleva la Sangre, este año, cincuenta y cuatro medidas de aceite. Consta en el libro de la Sal porque el aceite cruzó con sello.

Consta el aceite. No consta el motivo.»


Es la decimotercera vez que la Sangre habla sobre la casa de Oren, y la duodécima que la casa de Oren paga ese mismo año.

La séptima generación estaba sin escribir desde hacía veintidós años.


Lo que sigue lo escribí yo en esta misma hoja, abajo, porque era la que tenía en la mano.


Vino a la Casa a los seis días.

No durmió en la puerta. Llegó a mediodía y golpeó, y lo hicieron entrar en seguida, porque a un enmascarado no se lo deja en la puerta cuando ya está adentro de la ciudad.

Se lo recibió abajo y no arriba.

Traía la máscara puesta y nadie le pidió que se la quitara, porque no se puede pedir.

Estaban Ura, que preside, y Belmar, y dos más que no hablaron.

Yo estaba en la Casa por otro trabajo y me quedé, porque nadie me dijo que saliera.


Damo. —¿Mi hijo tiene casa?

Ura. —No.

Damo. —¿Por qué?

Belmar. —Porque su madre no es de ninguna.

Damo. —¿Y eso quién lo hizo?

Belmar. —La casa de Oren. Por escrito, y en su derecho, y no hay nada que apelar.

Damo. —¿Ustedes?

Belmar. —Nosotros no pedimos nada.

No se contestó a eso.

Damo. —Yo vengo a preguntar una sola cosa. Qué tengo que hacer para que mi hijo tenga casa.

Y se le contestó.

Belmar. —Devolverla.

Damo. —¿A quién?

No se contestó.


Se quedó de pie un rato. Ura le dijo que se sentara y no se sentó.

Después preguntó si le podían escribir una cosa, y se le dijo que sí, y dijo que no, que no era para ahora.

Y se fue, y bajó, y en la puerta había gente durmiendo aunque era mediodía.


Se hace constar esto, porque lo vi yo y no me lo dijo nadie:

Ya no tiene las manos negras.

La cuenta del horno de Pero

En Pero hay un horno y lo lleva Odo, que no tiene tierra y cobra en pan. Se anota quién amasa, cuánta harina trae y cuánto se queda el horno, y se anota desde hace cuarenta años porque si no se anota la gente discute.

Se copia el renglón de una sola casa, del año ochocientos doce y del principio del trece, porque me lo pidieron y porque el que lleva el horno me dejó copiarlo y no me cobró.


Mes primero. Sira, de Oren. Trajo nueve medidas. El horno se quedó con una.

Mes segundo. Sira, de Oren. Trajo veintidós. El horno se quedó con dos.

Al margen: «trajo más de la que tiene. Le pregunté y dijo de quién era cada saco y lo anoté aparte, que son once nombres y no son de acá.»

Mes tercero. Sira, de Oren. Trajo treinta y una.

Al margen: «este mes amasó de noche dos veces.»

Mes cuarto. Sira, de Oren. Trajo treinta y una.

Mes quinto. Sira, de Oren. Trajo cuarenta y cuatro. El horno se quedó con cuatro.

Al margen: «le dije que era mucho para una sola y me contestó que amasa lo que le traen. Es la primera vez que me contesta algo en un año.»

Mes sexto. Sira, de Oren. Trajo cuarenta y seis.

Mes séptimo. Sira, de Oren. Trajo cincuenta y dos.

Al margen: «viene el chico a buscarlo y se lleva lo que puede, y vuelve dos veces, y una vez vino cuatro.»

Mes octavo. Sira, de Oren. Trajo cincuenta y dos.

Al margen: «le dije que no me pagara más y siguió pagando.»

Mes noveno. Sira, de Oren. Trajo sesenta y una.

Mes décimo. Sira, de Oren. Trajo sesenta y una.

Mes undécimo. Sira, de Oren. Trajo cincuenta y ocho.

Al margen: «este mes trajo menos y no faltó pan, porque hay gente que se fue.»

Mes duodécimo. Sira, de Oren. Trajo sesenta.


Año ochocientos trece

Mes primero, hasta el día undécimo. Sira, de Oren. Trajo veintidós.

Mes primero, desde el día duodécimo.

Aquí el que lleva el horno tachó «de Oren», y el renglón queda sin nombre de casa cuatro días, y después está escrito lo que sigue.

Sira, de Pero. Trajo diecinueve.

Al margen: «no es de Pero tampoco. Lo puse yo. Si alguien tiene algo que decirme que venga.»

Mes segundo. Sira, de Pero. Trajo veintiséis.

Al margen: «amasa lo mismo.»


Y lo mío, que es poco.

El horno de Pero cobra una medida cada diez, y no cobra a los que no tienen, y de ésos hay treinta y un renglones este año.

Le pregunté a Odo por qué había dejado el renglón sin casa cuatro días.

Contestó que porque no sabía qué poner, y que el horno no puede tener un renglón sin nombre, porque entonces el pan no es de nadie.

Le pregunté qué dijo ella cuando lo vio escrito.

Contestó que no lo vio, porque no sabe leer.

Y que él tampoco se lo dijo.

Trigésima — La Corona

Del formulario de la coronación, que se guarda en la Casa y del que hay una sola copia, porque el que corona se lo sabe de memoria y no lo lee.

No tiene fecha. No se cambió nunca.

Se copia con las rúbricas, que son las líneas al margen y que no se dicen en voz alta.


Es de pino sin pintar.

Es la más barata de las setenta y dos y no se le puso nunca ni una gota de color.

No pone nada en la cabeza de nadie. No hay corona.


De su potestad

Corona a los reyes. Sin ella nadie es rey, y ella no manda nada.

Ninguna ley obliga a un rey a estar coronado y ninguna ley castiga al que no lo está.

Modo. Primero. De linaje, de la casa de Meda, desde antes de lo que se conserva.


Del rito

Del lugar. A la intemperie, donde se vea de lejos. Nunca bajo techo.

Al margen: si llueve, se hace bajo la lluvia.

De la hora. Al amanecer, y de una vez.

De la noche anterior. El que va a ser rey duerme en el suelo, afuera, como duerme todo el que va a pedir algo.

Al margen: no se le pone manta. Si se la ponen, se le quita.

De lo que trae. Nada.

Al margen: si trae algo, se le pide que lo deje. Se lo devuelven después.


Primero. El que lleva la Corona pregunta:

—¿Cómo te llamas?

Y el que va a ser rey dice su nombre.

Al margen: lo dice él y en voz alta. Es la única vez en su vida que un rey dice su nombre y no su título. Al que pregunta no se le pregunta el nombre.

Segundo.

—¿Quién te manda?

—Nadie.

Tercero.

—¿A quién mandas?

Y el que va a ser rey dice las ciudades y las comarcas, una por una y en voz alta.

Al margen: las dice él. No se le apunta y no se le corrige. La que se olvida no se le cuenta.

Cuarto.

—¿Peleaste alguna guerra que no fuera guerra?

—No.

Al margen: esta respuesta se le da a aprender ocho días antes, con las otras. No hay otra respuesta escrita.

Y al margen, más abajo, con otra letra y más vieja: si contesta otra cosa, no se sigue. No hay nada escrito para lo que sigue.

Quinto.

—¿Te vas a morir?

—Sí.

Al margen: ésta no se ensaya.


Sexto y último. El que lleva la Corona dice el nombre del rey una vez.

Y ya es rey.

Al margen: se dice una vez. No se repite aunque no se haya oído.

Al margen: no hay palabras de coronación. El nombre es todo lo que hay.

Al margen: el que lleva la Corona se va en seguida. No se queda, no come, no asiste a lo que sigue y no vuelve a hablar con el rey en su vida si puede evitarlo.


De lo que no se dice en el rito

No se nombra a ningún dios, porque no hay.

No se nombra a los hijos.

No se pregunta si va a ser bueno.

No se pide nada y no se promete nada.

Al margen: se probó dos veces añadir una promesa y las dos se quitó, y la última fue hace cuatrocientos años.


De las dos veces que no fue

En ochocientos años, dos.

Año trescientos noventa y ocho. No fue. Está el día. No está el motivo.

Año seiscientos cuatro. No fue, y se hizo saber la víspera. Está el día. No está el motivo.

Del segundo se conserva lo que pasó después, y se copia porque es lo único que hay escrito sobre esto:

«A los cuatro meses recibía a los enviados su hermano.

Al año segundo, en las cuentas de la Sal, la comarca figura sin rey y no hubo quien lo desmintiera.

Nadie le quitó nada. Nadie le dijo nada. No hubo sentencia, ni pleito, ni guerra.

Siguió viviendo en su casa veintiún años.»


De la tenencia

De la casa de Meda. Desde el año seiscientos; de antes se conserva incompleta.

Tiro, veinticuatro años, siete reyes. No tuvo hijos.

Osdan, nueve años, dos reyes. No tuvo hijos.

Vela, treinta años, once reyes. No tuvo hijos.

Ermo, diecisiete años, cinco reyes. No tuvo hijos.

Sila, veintidós años, ocho reyes. No tuvo hijos.

Doren, seis años, un rey. No tuvo hijos.

Mila, veintiocho años, nueve reyes. No tuvo hijos.

Uber, diecinueve años, seis reyes. No tuvo hijos.

Nes, catorce años, cuatro reyes. No tuvo hijos.

Talo, veintiséis años, diez reyes. No tuvo hijos.

Y el que la lleva hoy, diecisiete años, seis reyes. No tiene hijos.


Once tenencias. Doscientos doce años. Sesenta y nueve reyes.

Ninguno tuvo hijos, y eso está en el registro y lo sabe todo el mundo.

Ninguno de los once la recibió de su padre. En doscientos doce años la casa de Meda la pasó de tío a sobrino, y dos veces de tío a sobrino de otra rama, y una vez hubo que ir a buscar al que la tomó a cuatro jornadas, porque en la casa no quedaba varón.

De los once, siete la tomaron pasados los cincuenta años.

La Casa enseña que en las casas de linaje se toma tarde, porque se toma cuando muere el que la tenía, y que el que no tuvo hijos a los cincuenta no los va a tener.

Y enseña además que la casa de Meda es una casa chica y que las casas chicas se acaban, y que eso pasa todos los siglos y no significa nada.

Ninguno de los dos lados puede probar nada.

Hoy en la casa de Meda hay cuatro personas.


Pedí ver el formulario y me lo dejaron ver, y lo copié en la Casa y en un día, que es lo que me dieron.

Las rúbricas están en cuatro letras y ninguna está fechada.

La que dice que no hay nada escrito para lo que sigue es la más vieja de las cuatro.


(otra letra)

Los reyes duermen una noche en el suelo y después no vuelven a dormir en el suelo.

Nosotros dormimos todas.

Los pregones de Marda

Año ochocientos trece de la Casa, del mes segundo al mes octavo, en Marda, que es la ciudad del rey Ordas.

El que pregona se llama Coto y no sabe leer. Le escriben lo que tiene que gritar en tiras, y él las lleva a la plaza y las devuelve, y las guarda desde hace veintinueve años porque le pagan por tira y así lleva la cuenta.

Me las dejó copiar y me pidió que no me llevara ninguna. Están numeradas por él con muescas en el borde, que es como cuenta.

Se copian las doce del año. Falta la novena.


Primera. Mes segundo, día cuarto.

«Se hace saber que el día undécimo del mes cuarto se corona a Nedo, hijo del rey Ordas, en el campo de arriba, al amanecer. Que vaya el que quiera y que se pare donde vea.»

Segunda. Mes segundo, día undécimo.

«Se recibe grano y vino para ese día. Al que traiga se le anota lo que trae y su nombre.»

Tercera. Mes segundo, día vigésimo.

«Se buscan cuarenta hombres para levantar el estrado del campo de arriba. Se paga por día y se da de comer.»

Cuarta. Mes tercero, día séptimo.

«Se hace saber que el que va a ser rey duerme la noche del décimo en el campo de arriba, en el suelo y afuera, como se debe, y que se puede ir a verlo y no se le habla.»


Quinta. Mes cuarto, día octavo.

«Se hace saber que el día undécimo se pasa al mes quinto.»

Al dorso de esta tira, con la letra del que le escribe y no con la del pregón, hay una línea que no se gritó:

«Esto no lo grites: no viene.»

Sexta. Mes cuarto, día vigésimo tercero.

«El grano y el vino recibidos se guardan y están contados.»

Séptima. Mes quinto, día noveno.

«Se hace saber que el día se pasa al mes sexto.»

Octava. Mes quinto, día vigésimo octavo.

«El que trajo grano o vino puede retirarlo, y se le devuelve lo suyo y se le tacha del anotado.»


Novena. Falta.

Preguntado Coto qué decía la novena, contesta que se acuerda y que no la va a decir, y que si la quiero la busque escrita en otra parte.

Preguntado si la gritó, contesta que sí.


Décima. Mes sexto, día decimoséptimo.

«Se hace saber que la casa del rey Ordas recibe como antes y que no hay novedad.»

Undécima. Mes séptimo, día quinto.

«Se prohíbe escribir con carbón encima de las puertas. El que escriba paga diez monedas y borra lo suyo y lo del vecino.»


Duodécima y última del año. Mes octavo, día primero.

«Se venden cuarenta y dos mulas de la casa del rey, dos carros, y la madera del estrado del campo de arriba, que está armado y hay que llevárselo desarmado.»


De lo contado.

Pregones del año: doce. Del año anterior: sesenta y uno.

Sobre la coronación: ocho, y ninguno dice que no se hizo.

Prohibiendo escribir en las puertas: uno.

Puertas de Marda con las palabras escritas con carbón encima, contadas de una en una el día que copié las tiras: ciento nueve.

Se escriben arriba de la puerta, del lado de afuera, y son las palabras de la entrega como las canta el Cantor, y las escribe cualquiera que sepa, y el que no sabe le paga a uno que sepa.

Conté las ciento nueve y las ciento nueve dicen lo mismo.


Sobre lo que no está en las tiras y me tocaba averiguar: consta en la Casa que la casa del rey Ordas pidió a la Corona dos veces, la primera en el mes undécimo del año pasado y la segunda en el mes tercero de éste.

No consta que se haya contestado ninguna de las dos.

La Corona no está obligada a contestar y no está obligada a ir, y en ochocientos años no fue dos veces, y las dos veces está el día y no está el motivo.

Ésta es la tercera y de ésta no está ni el día.

Nadie le quitó nada a Ordas. Nadie le dijo nada. No hubo sentencia, ni pleito, ni guerra.

Nedo, hijo de Ordas, tiene diecisiete años y aprendió las cinco respuestas y las sabe.


(otra letra)

La novena decía que el que quisiera podía irse.

Vigésima octava — El que Cumple

Del inventario, que llevan los copistas de la Casa y no el que lleva la máscara, y que tiene cinco mil doscientas cuarenta y seis líneas.

Se copian dos años enteros. El primero porque de ése se habló. El segundo porque es éste.


Materia. Madera clara sin veta. Sin pintar, sin marca, sin quemadura, sin desgaste.

Una vez al año se le pasa aceite y arena, y eso es lo único que hace la casa que la lleva el día que la pasa de uno a otro.

Se le pasa arena para que no tome cara.

De las señas. En el registro, la columna de las señas está en blanco desde que hay registro. No está raspada. Nunca se escribió.

Al que la describe se lo puede reconocer al año siguiente, y la máscara es para que ninguna familia recuerde la cara del que ejecutó a los suyos.

Modo. Primero. De linaje, de la casa de Nur.


De su potestad

Ejecuta las sentencias. Nadie más puede, y lo que hace otro no es sentencia cumplida sino muerte de hombre.

No juzga. Nunca juzgó. La sentencia la dicta el juez de la ciudad, o el Juez cuando es entre casas.

No puede negarse.

No puede preguntar por qué.

Y no se le paga. La ciudad que lo llama le da de comer y le da dónde dormir, y eso es todo lo que está escrito que se le debe.


Del año setecientos tres

Doce.

Tesia, tejedora, de Vera. El juez de Vera. Por muerte de hombre. Mes primero, día séptimo.

Oveno, de Aris. El juez de Aris. Por incendio con gente adentro. Mes segundo, día tercero.

Arno, arriero, de Idria. El juez de Idria. Por muerte de hombre. Mes segundo, día vigésimo.

Nesio, de Solma. El juez de Solma. Por falsa medida cuatro veces. Mes tercero, día quinto.

Tulo, carretero, de Larén. El juez de Larén. Por muerte de hombre. Mes cuarto, día noveno.

Bora, de Larén. El juez de Larén. Por muerte de hombre. Mes cuarto, día noveno.

Ilo, de Orma. El Juez. Por romper la palabra dada entre casas. Mes quinto, día decimoprimero.

Loba, de Turma. El juez de Turma. Por muerte de mujer. Mes sexto, día segundo.

Sarno, pastor, de Ansa. El juez de Ansa. Por deuda de tres años y no pagada. Mes séptimo, día octavo.

Odar, de Nesa. El juez de Nesa. Por decir lo que dijo. Mes octavo, día decimocuarto.

Elna, de Aris. El juez de Aris. Por muerte de hombre. Mes décimo, día primero.

Orsa, de Vera. El juez de Vera. Por muerte de hombre. Mes undécimo, día vigésimo séptimo.


Del año ochocientos doce

Nueve.

Beno, herrero, de Idria. El juez de Idria. Por muerte de hombre. Mes primero, día decimosexto.

Doma, de Solma. El juez de Solma. Por muerte de hombre. Mes segundo, día vigésimo primero.

Tibo, de Aris. El juez de Aris. Por incendio con gente adentro. Mes tercero, día cuarto.

Veso, de Ansa. El juez de Ansa. Por muerte de hombre. Mes tercero, día vigésimo noveno.

Idun, de un pueblo del norte que no consta. —— . —— . Mes quinto, día decimoctavo.

Ubra, de Orma. El juez de Orma. Por muerte de mujer. Mes sexto, día undécimo.

Bedo, de Vera. El juez de Vera. Por deuda de cinco años y no pagada. Mes séptimo, día vigésimo.

Suro, arriero, de Turma. El juez de Turma. Por muerte de hombre. Mes noveno, día sexto.

Nelo, de Larén. El juez de Larén. Por muerte de hombre. Mes undécimo, día tercero.


El inventario no admite una línea sin sentencia. Está mandado desde hace cuatrocientos años que la línea no se escriba si no hay quién la firme.

Esta línea la mandó anotar el que Cumple.

Es la única de las cinco mil doscientas cuarenta y seis que mandó anotar el que Cumple. El inventario lo llevan los copistas.

Se le preguntó quién había dictado la sentencia y contestó que no puede preguntar.

Se le preguntó quién lo había llamado y contestó que no puede decirlo, porque a él lo llaman por escrito y el escrito se devuelve.

Se le preguntó si devolvió el escrito y contestó que sí.


De la tenencia

De la casa de Nur. Las últimas catorce.

Ocho años. Cinco. Once. Cuatro. Nueve. Seis. Doce. Dos. Siete. Cinco. Diez. Cuatro. Ocho, y el que la lleva hoy, seis, que es hijo del de los cuatro.

Media: siete años.

En las setenta y dos, la media es de veintiún años.

De los catorce, once murieron antes de los cuarenta.

La Casa enseña que la casa de Nur es una casa de mala salud, y que en las casas chicas eso se ve más porque son pocos.

Ninguno de los dos lados puede probar nada.


De lo que se conserva escrito por alguno de ellos, en ochocientos años, hay una sola línea, y está en el margen del inventario del año seiscientos treinta, y dice:

«El que sentencia duerme.»


De lo que pedí y me dieron.

Pedí ver el inventario y me lo dieron sin dificultad, porque no es secreto y se lee en voz alta una vez al año en la Casa, entero, y se tarda dos días.

Pregunté por la línea del mes quinto en la Casa y me contestaron que el inventario lo llevan los copistas y que un error de copista se corrige en la copia siguiente.

La octava copia está en trabajo.


(otra letra)

La línea sin sentencia la copiamos nosotros en las once ciudades y la copiamos vacía.

Vacía se queda.

El canto de los sueltos

No tiene autor y no tiene año. Se canta despacio y sin música, y lo cantan los que quedaron sin casa, que son muchos y están repartidos.

Lo cantan también los sueltos del Perdón, que no son lo mismo y que no tienen nada que ver, y la gente los junta y no hay quien los separe.

Se copia de la manera en que se canta en Pero, que es la más larga. Donde otras comarcas dicen otra cosa, se anota debajo.


No soy de la casa de mi padre.

No soy de la casa de mi madre.

No soy de la casa de mi hijo, porque mi hijo tampoco.

Y la tierra es de alguien.


Puedo andar por el camino, porque el camino no es de nadie.

Puedo pararme en el camino.

No puedo acostarme en el camino, porque el camino se acaba en la tierra de alguien.

Y la tierra es de alguien.


Al que me nombra no le cuesta nada.

Al que me niega no le cuesta nada.

Al que me entierra le cuesta la tierra.

Y la tierra es de alguien.


Pregunté por qué y me dijeron que no corresponde.

Pregunté a quién le pregunto.

Y no me contestaron.


El que Entierra a los de Nadie tiene un libro y en el libro estoy.

Estoy el día.

No estoy el lugar.

Y la tierra es de alguien.


Aquí, en Aris y en Larén, se canta una estrofa más que en Pero no se canta:

«Si me ven en el camino no me hablen,

que hablarle a uno de nadie no es delito

pero se acuerdan.»

En Vera se canta todo igual salvo el estribillo, que allá dice: y la tierra es de los que la tienen.

En Turma no se canta: está escrito en la tabla, abajo, en letra chica, y lleva ahí más años que nadie.

En Orma le cambiaron la primera estrofa y ahora empieza en el hijo y termina en el padre, y dicen que así estaba antes.


Y esto se canta en Pero desde este año y no está en ninguna copia vieja ni en ninguna otra comarca:

Sáquenme de la hoja.

El pan que amasé ya se lo comieron,

y eso no lo pueden sacar.


Nota del que anota. Lo oí en el mes segundo, en Pero, a la noche, y lo cantaban dos mujeres.

Una de las dos era la que lo había dicho.

No pregunté cuál.


(otra letra)

Esa es de Sira, de Pero.

(otra letra, y no la misma)

Sira no cantaba.

De lo que apareció en la tabla de Turma

Año ochocientos trece de la Casa, mes décimo.

Al lado de toda puerta cerrada de Turma hay una tabla de madera con un carbón atado, para el que llegue y no pueda entrar. Se puso la primera hace doscientos veinticinco años, después de lo del que Camina, y no la mandó nadie.

Se copia lo que apareció, cómo se copió y adónde llegó. La cuenta es del mes duodécimo y la hice yo.


Lo que decía

Escrito con carbón, en la tabla de la puerta grande, arriba y no en el medio, en tres renglones:

En Pero, el día primero del mes duodécimo.

Se designará sucesor de las setenta y dos.

No se llama a nadie.


De cómo apareció

Lo vio primero una mujer de Turma que fue a esa puerta el día tercero, temprano, a dejar dicho que tenía leche para vender.

Declara que estaba escrito y seco, y que no había nadie, y que borró un renglón de otro para poner lo suyo abajo y no borró eso porque no era suyo.

Declara que a media mañana había once personas delante de la tabla.

Declara que a la tarde vino un hombre con una tabla nueva y la clavó al lado, porque en la vieja ya no cabía nada.


De cómo se copió

Turma no mandó a nadie. Turma no manda a nadie desde hace doscientos veinticinco años.

Lo copiaron los que pasaban.

Día cuarto. Ansa, media jornada. Está en la puerta de la casa mayor y en el molino.

Día quinto. Aris, dos jornadas. Cuatro tabernas y el mercado, y en la calle de las puertas escritas está en todas.

Día séptimo. Arca, tres jornadas. En la puerta de la Casa de las Caras, del lado de afuera, donde duerme la gente.

Día octavo. Larén. Día noveno. Solma, Idria. Día undécimo. Vera, Nesa. Día decimotercero. Orma.

Día vigésimo segundo. Oria, veintidós jornadas de Arca, del otro lado del desierto chico. Llegó en diecinueve porque el que lo llevó cambió de mula dos veces y no durmió.

Día vigésimo noveno. Marda, la ciudad del rey Ordas, encima de una puerta y con carbón, que allí está prohibido y se paga diez monedas.


De lo que se copió mal

Se copió mal, y se anota porque después va a preguntarse.

En once lugares el segundo renglón dice setenta y una y no setenta y dos.

En seis lugares falta el tercer renglón entero.

Y en cuatro lugares, todos del camino del sur, el día dice el día tercero del mes duodécimo y no el primero.

De esos cuatro lugares salió gente.


De la cuenta

Tablas y puertas con los tres renglones escritos, contadas de una en una por los copistas de la Casa, al día primero del mes duodécimo: ciento cuarenta y seis.

Ciudades: once. Aldeas: veintinueve.

Días que tardó de Turma a Oria: diecinueve.

Días que tardó de Turma a Arca, que está a tres jornadas: cuatro.


De lo que hizo la Casa

Se mandaron cuatro copistas a Turma el día octavo, a ver la tabla y a copiarla y a preguntar.

No se mandó borrarla. La tabla de Turma no es de nadie y borrar lo de otro en una tabla no está prohibido por ninguna ley, y por eso no lo hace nadie.

Se resolvió no hacer público nada, cosa que ya se había resuelto el año pasado y el anterior.

Se resolvió preguntar en las once ciudades quién había preguntado por el aviso, y anotar los nombres.


Fui a Turma y vi la tabla y la copié yo, y por eso esto que sigue lo anoto y no lo explico, porque no me toca explicar nada.

El que escribió los tres renglones abrevió designará como se abrevia en el registro de la Casa y no como se abrevia en ninguna otra parte, y puso el punto alto que se pone en los asientos y que sirve para que no se confunda un número con una letra.

Eso lo hace un copista y no lo hace nadie más, y en Turma no hay copistas.

Se lo dije a los cuatro que mandaron y lo miraron y dijeron que sí.

No se me pidió que lo pusiera en la razón. Lo pongo aquí.


Al pie de la tabla de Turma, debajo de los tres renglones y con otro carbón y otra mano, apareció el día quinto una línea más, y la copio porque estaba:

«Yo voy.»

Y debajo, en los días siguientes, cuarenta y una veces lo mismo, con cuarenta y una manos distintas.

Los que llegaron

Año ochocientos trece de la Casa, mes duodécimo, en la aldea de Pero, que tiene treinta y una casas y no tiene muralla.

Levanté esta lista yo, que llegué el día vigésimo sexto del mes undécimo y me quedé. No me llamó nadie y no me pagó nadie. Es la única vez que escribo sin que me paguen y lo hago constar porque va a preguntarse.

Se anota lo que se ve: qué máscara, de dónde vino y cuántas jornadas. No se anota nombre de persona, porque a un enmascarado no se le pregunta el nombre.

De la cuenta de la Casa: sesenta y una en uso o vacantes, once perdidas, setenta y dos en el aviso.


Día vigésimo octavo del mes undécimo

La Tregua. De Pero. Ninguna.

El Contador de Días. De Ansa. Media.

El Umbral. De Ansa. Media.

La Palabra Dada. De Ansa. Media.

El Techo. De Ansa. Media.

La Puerta de la Ciudad. De Turma. Dos. Sostenida delante de la cara, que es como se lleva.

El que Camina. De Turma. Dos.

La Ley Vieja. De Turma. Dos.

El que Levanta. De Turma. Dos.


Día vigésimo noveno

El Perdón. De Arca. Tres.

El Muerto. De Arca. Tres.

El Juez. De Arca. Tres.

El que Cumple. De Arca. Tres.

El Peso. De Arca. Tres.

El Escribiente. De Arca. Tres.

El que Cierra los Ojos. De Arca. Tres.

La que Vela. De Arca. Tres.

El Fuego Viejo. De Arca. Tres. Vino con fuego y el fuego llegó encendido.

La Sangre. De Aris. Cuatro.

El Testigo. De Aris. Cuatro.

La Herencia. De Aris. Cuatro.

El Hospedero. De Aris. Cuatro.

La que Enseña las Letras. De Aris. Cuatro. Vinieron nueve chicos detrás y se quedaron.

El Cantor. De Aris. Cuatro. No cantó.

El que Entierra a los de Nadie. De Ubal. Cuatro. Venía de otra parte y no dijo de dónde.


Día trigésimo

El Sordo. De Larén. Cinco.

La Cosecha. De Larén. Cinco.

La Semilla. De Larén. Cinco.

El Huérfano. De Larén. Cinco.

El que Corta. De Larén. Cinco.

La Viuda. De Solma. Seis.

El que Puede Decir. De Solma. Seis.

La Deuda. De Vera. Siete.

La Sal. De Vera. Siete.

La Peste. De Vera. Siete.

El Pastor de Perdidos. De Vera. Siete. Traía dos.

La Moneda. De Idria. Ocho.

El que Junta. De Idria. Ocho.

La Tierra Medida. De Orma. Nueve.

El Agua. De Orma. Nueve.

La Corona. De Meda. Nueve.


Día primero del mes duodécimo

El Rehén. De Vaila. Ocho. Es un chico y lo trajeron, y vinieron las dos casas con él, porque si no venían las dos se rompía la paz.

El Ganado. De Nesa. Diez.

La Partera. De Nesa. Diez.

La Guerra. De Sema. Once.

El Hierro. De Sema. Once.

El que Miente por Oficio. De Sema. Once.

La que Encuentra Agua. De Nera. Doce.

El que Habla al Oído. De Marda. Trece.

El Grano. De Oria. Diecinueve.

El que Reparte. De Oria. Diecinueve.

El que Conoce el Desierto. De Oria. Diecinueve. Salió cuatro días después que el Grano y llegó el mismo día, y vino por donde no hay camino.

El Camino. De ninguna parte. No consta: no se detiene.


De las que llegaron y no consta quién las eligió

Se les preguntó de dónde venían y contestaron. No se les preguntó el nombre, ni quién les dio lo que llevan, porque tampoco eso se pregunta.

Las cuatro primeras estaban vacantes en la Casa, y la Casa las guardaba, y las cuatro llegaron puestas.

El que Prueba. De Solma. Seis.

El que Regatea. De Aris. Cuatro. Discutió el precio de la comida y se lo dieron.

La que Presta. De Idria. Ocho.

El Último en Hablar. De Larén. Cinco.

Y las diez que siguen están dadas por perdidas en el registro, algunas desde hace cuatrocientos años, y llegaron caminando.

El Nombre. Del camino del norte. No consta.

La que Abre. De Larén. Cinco.

El que Recuerda por Todos. De Turma. Dos.

La Segunda Cara. De Aris. Cuatro. Llevaba una sola.

El que Vuelve. De Vera. Siete.

La Guerra Vieja. De Sema. Once. Llegó y se paró al lado de la Guerra, y las dos se quedaron quietas.

El que Cuenta lo que No Pasó. De Orma. Nueve.

La Madre de las Máscaras. De Oria. Diecinueve.

El Silencio. No consta de dónde. No habló.

El que Paga. De Idria. Ocho.

De estas catorce no hay traspaso asentado, y a lo poco que se les preguntó las catorce contestaron lo mismo: el mes noveno, el décimo o el undécimo de este año.


De las que no llegaron el día primero

Cuatro renglones. Se dejan como están.

El Vigía.

La Lengua.

El Barquero.

El que Apaga.


Del día tercero

Llegaron las cuatro.

Las cuatro vienen del camino del sur, y en el camino del sur el aviso decía el día tercero.

Ninguna supo que llegaba tarde hasta que entró en Pero.


De la cuenta

Setenta y dos.

Llegadas el día primero o antes: sesenta y ocho. El día tercero: cuatro.

Con portador que la Casa eligió o que lo heredó de su casa: cincuenta y siete.

Sin que conste quién las eligió: catorce.

Las que caminaron más: diecinueve jornadas, y son cuatro.

Las que no caminaron ninguna: una.

Casas que tiene la aldea de Pero: treinta y una.

Gente que había en Pero y en el camino de Pero el día primero: más de la que dijo la razón del mes quinto del año pasado, y no la conté.


Y una más

El Heredero. No se le preguntó nada.

Estaba desde antes.


De lo que no se me encargó y anoto igual.

Es la primera vez desde que hay registro que las setenta y dos están en un mismo lugar, y no está escrito en ninguna parte qué pasa cuando eso ocurre, porque nunca ocurrió.

Pregunté a Belmar, que llegó el día trigésimo, y que no lleva máscara y por eso no está en esta lista, a cuántas de las setenta y dos podía la Casa impedirles venir.

Contestó que a ninguna.

Le pregunté entonces por qué había venido él.

Y de eso no se resolvió nada.

De lo que hizo cada una

Año ochocientos trece de la Casa, día primero del mes duodécimo, en Pero, desde el amanecer hasta la noche.

Se anota lo que se hizo y no lo que se pudo hacer. Se anota en el orden en que se hizo. No se anota lo que se dijo, salvo cuando lo dicho es lo que se hizo.

Todo lo que sigue es legal.


La Puerta de la Ciudad. Al amanecer cerró los dos caminos de Pero, que no tiene muralla y que tiene dos caminos. Nadie entró y nadie salió por los caminos.

El Camino. A la misma hora salió a caminar los dos caminos de punta a punta, y mientras caminaba los caminos fueron suyos. Caminó hasta la noche. Las dos se quedaron donde estaban y ninguna se apartó.

La Peste. A media mañana declaró la cuarentena sobre Pero y sobre lo que hay a mil pasos de Pero. Desde entonces nadie sale, y el que sale se lleva la cuarentena puesta a donde vaya.

La Sal. No selló carga con destino a Pero, y hubo cuatro carros parados en el alto.

El Grano. Abrió lo que había en Pero, que eran once medidas y dos sacos de habas.

El Agua. Repartió el agua del pozo de Pero en partes iguales entre los que estaban, y el pozo dio para ese día.

La Tierra Medida. Midió los límites de Pero, que no estaban medidos desde hacía ciento cuarenta años, y quedaron medidos.

Por esa medida, cuatro casas de las treinta y una quedaron fuera de Pero.

Una de las cuatro es la casa donde vivía el carbonero.


La Sangre. A pedido de once casas, soltó a once personas que estaban en el patio de Pero. Se leyó en voz alta y se leyó ahí, porque las casas no podían leerlo en su puerta al que no estaba en su puerta.

De los once, nueve se quedaron donde estaban.

El Testigo. Declaró que vio al carbonero de Pero poner la mano encima de un enmascarado.

No dijo cuándo ni dónde ni sobre cuál. Su palabra es prueba y no se contradice, y nadie la contradijo.

El Juez. Se le llevó el asunto. Contestó que él juzga lo que las casas no pueden juzgar entre sí, y que aquí no hay dos casas, porque una de las partes no es de ninguna desde el mes primero.

El Perdón. Se le pidió. Contestó que él suelta condenas y que aquí no hay condena, y que el año está sin dar y que no lo puede dar por lo que no está.

El que Cumple. No hizo nada. No hubo sentencia.

La Guerra. No declaró nada. No hay dos casas.

La Palabra Dada. Hizo cumplir una promesa entre dos casas de Aris, que la habían pedido para ese día desde hacía dos meses, y se cumplió, y eso también estaba en Pero y también se anota.


El Umbral. Entró en la casa del carbonero al mediodía y se quedó adentro, y mientras estuvo adentro nadie pudo entrar por la fuerza.

Estuvo adentro hasta el cuarto día.

El Techo. Señaló nueve casas de Pero y las nueve hospedaron.

El Hospedero. Recibió a los que golpearon, que fueron muchos, y no cerró.

La Viuda. Se paró en la puerta de la casa donde vivía Sira, que ya no es la casa de Sira, y declaró que mientras ella viva ninguna mujer puede ser echada de su casa.

Se le hizo saber que esa mujer ya había sido echada en el mes primero.

Contestó que se quedaba igual.

El Huérfano. Le dio nombre al hijo del carbonero, que había quedado sin casa y por lo tanto sin nombre de casa, y el nombre que le dio quedó asentado y no se copia aquí porque lo pidió el chico.

La Partera. Asistió un parto en la casa segunda de Pero. Es una niña y vive.

El que Cierra los Ojos. Acompañó a morir a un hombre de Solma que había llegado el día vigésimo noveno y que llegó enfermo.

El que Entierra a los de Nadie. Lo enterró, porque el hombre de Solma no tenía casa.


El Contador de Días. Se le preguntó qué día era y contestó el día que era. Se le preguntó qué año y contestó el que la Casa dice. Se le preguntó si iba a marcarlo y contestó que no hay dónde.

El Escribiente. Escribió esto.

El Cantor. No cantó.

El Silencio. No hizo nada. Estuvo.


El Muerto. A la caída del sol declaró muerto a Damo, de Pero.

Damo estaba de pie, a doce pasos, y lo oyó.

Sin la palabra del Muerto no se entierra a nadie, y con la palabra del Muerto no hay más que preguntar, y no hay quien pueda decirle que se equivoca porque no hay nadie que diga cuándo un hombre está muerto salvo él.

Se le preguntó dos veces y las dos veces contestó lo mismo.


De lo contado

Máscaras de las que se anota algo: veintiocho.

Máscaras de las que no se anota nada: cuarenta y cuatro.

Cosas hechas contra la ley: ninguna.

Casas que pidieron a la Sangre: once.

Personas soltadas de su casa ese día: once.

Personas que se fueron de Pero ese día: ninguna, porque no se podía.


El Heredero no designó a nadie.


Y ninguna manda sobre otra.

Lo que vio el hijo

Preguntado en Ansa, veintidós años después de lo de Pero.

Se conservan las respuestas y no las preguntas, porque el que preguntaba no las escribió.

Firmó con el nombre que le dieron ese día y que no está en ninguna otra parte, y por eso aquí va sin nombre.


—Once.

—Adentro. En la casa. Los dos primeros días no salí.

—Porque había uno parado en el cuarto de adelante y nadie entraba. Yo pensé que tampoco se podía salir. Después supe que no era eso, que era solamente lo de entrar.

—Mi madre sí salió. Salió a la mañana y volvió a la noche los tres días, y no dijo adónde iba y yo no pregunté.

—Amasó igual. Los tres días amasó.

—Comí pan y habas. Del granero sacaron habas y las repartieron y nos tocaron dos puñados.

—Por la puerta se veía el campo de arriba y una parte del camino. No se veía el medio.

—Estaban parados. Nadie se sentaba. Eso es lo que más me acuerdo, que ninguno se sentaba en tres días.

—Los conté. Conté cuarenta y uno y me perdí y volví a empezar y conté cuarenta y cuatro, y no eran todos porque no se veían todos.

—Sí, se oía. Se oía de a uno. Uno decía algo corto y después había un rato y después otro decía algo corto. Yo pensaba que estaban rezando.

—No. No entendí ninguna palabra. Estaba lejos.


—A mí me dijeron que estaba muerto y yo lo veía parado.

—Se lo pregunté a mi madre y me dijo que sí, que estaba muerto.

—No lloré esos días. Lloré después, cuando volvimos a Ansa, por otra cosa.


—La segunda noche.

—Agua. Llevé agua en un jarro de barro que era de la casa y que después se rompió en el camino.

—Nadie me paró. Yo pasé entre ellos y ninguno me tocó y ninguno me habló, y ahora sé por qué, pero entonces no.

—Estaba en el medio, parado, y tenía la máscara puesta y la otra encima, sobre el pecho, atada con una tira.

—No la tomó. Me dijo que la dejara en el suelo y la dejé en el suelo, y a la mañana el jarro estaba lleno todavía.


—Dos cosas.

—Primero me preguntó si mi madre había comido. Le dije que sí.

—Y después me preguntó cómo me llamaba ahora.

—Porque ese día uno me había dado un nombre. Yo no tenía casa desde el año anterior y por eso no tenía el nombre de una casa, y ese día uno me dio uno.

—Se lo dije.

—Dijo que estaba bien.

—Nada más. Eso fue todo lo que me dijo en los tres días y es lo último que me dijo.


—Al cuarto día yo estaba adentro. Me despertaron los que gritaban.

—No lo vi.

—Lo vi después, cuando ya estaba en el suelo y había gente alrededor. No me dejaron acercarme y me acerqué igual, y nadie me sacó.

—Le miré las manos. Eso es lo que hice.

—Porque cuando yo era chico las tenía negras hasta aquí, del carbón, y ese año ya no. Y yo quería ver si le habían vuelto.

—No. Las tenía limpias.


—Sí, todavía. Vivo en Ansa y trabajo.

—No. Nunca fui a Arca y no tengo nada que pedirle a nadie.

—Sé leer. Aprendí después. Mi padre no sabía.

—Eso no se lo voy a decir.

—Porque lo pedí yo ese día y me lo dieron y quedó escrito que no se copia, y si ustedes lo escriben ahora entonces no valía nada lo que me dieron.

—Pueden poner que no contesté.


No contestó.

Los tres días

Año ochocientos trece de la Casa, en Pero, desde la noche del día primero del mes duodécimo hasta la noche del tercero.

A Damo, de Pero, lo declaró muerto el Muerto a la caída del sol. Cruzó esa misma noche.

Salió al medio del campo de arriba, caminó hasta estar a la misma distancia de todos, dio media vuelta despacio, una vez entera, para que lo vieran, y se paró.

Llevaba la máscara puesta y la Tregua sobre el pecho, atada con una tira de trapo cosida a mano, que es lo que se hace con la máscara de un muerto los tres días.

Sus tres días y los de la máscara son los mismos tres días. Nadie puede tocarlo y nadie puede levantarla hasta el cuarto.


A la primera hora no habló nadie.

A la segunda, uno dijo su nombre en voz alta.

El que toma máscara no vuelve a decir su nombre propio. Es la primera ley y no tiene excepción escrita, y no hay castigo escrito, porque no hizo falta escribirlo en ochocientos años.

Los tomé como se dijeron y en el orden en que se dijeron. Entre uno y otro pasaba, a veces, lo que se tarda en contar hasta cien.


Noche del día primero

El Huérfano. Neso, de Larén.

El Rehén. Nemi, de Mera. Tiene doce años.

La Viuda. Odna, de Solma.

La Partera. Odia, de Nesa.

El que Cierra los Ojos. Loro, de Arca.

La que Vela. Enna, de Arca.

El que Entierra a los de Nadie. Berno, de ninguna parte.

El Umbral. Dalio, de Ansa.

El Techo. Miro, de Ansa.

El Hospedero. Duno, de Aris.


Día segundo

La Tierra Medida. Melar, de Orma.

El Agua. Isana, de Orma.

La Sal. Cabor, de Vera.

El Grano. Lira, de Oria.

La Cosecha. Ruden, de Larén.

La Semilla. Rina, de Larén.

El Ganado. Bero, de Nesa.

El Fuego Viejo. Tila, de Arca.

El Camino. Idro, de ninguna parte.

El que Camina. Ledo, de Turma.

El Barquero. Nemel, del vado de Nera.

La que Encuentra Agua. Neala, de Nera.

El que Conoce el Desierto. Harel, de Oria.

El Pastor de Perdidos. Lemo, de Vera.

El Vigía. Aldo, de Solma.

La Puerta de la Ciudad. Nolda, de Turma.

El que Levanta. Timo, de Turma.

El que Apaga. Bren, de Idria.

El Hierro. Uben, de Sema.

La Moneda. Nadín, de Idria.

El Peso. Rimo, de Arca.

La Deuda. Ilma, de Vera.

La Herencia. Ravo, de Aris.

El que Junta. Calo, de Idria.

La que Presta. Orla, de Idria.

El que Regatea. Sedo, de Aris.

El que Paga. Nurel, de Idria.

La Lengua. Sarim, de Nera.

La que Enseña las Letras. Ilda, de Aris.

El Contador de Días. Teor, de Ansa.

El Escribiente. (Aquí va el mío. Lo escribo porque lo dije, y lo dije porque se estaban diciendo todos, y no me está permitido dejar fuera de la lista lo que ocurrió delante de mí.)

El Cantor. Enno, de Aris.

El que Puede Decir. Tamo, de Solma. Es lo único que no había dicho nunca.

El que Habla al Oído. Vinso, de Marda.

El que Miente por Oficio. Sirno, de Sema.

El Último en Hablar. Emón, de Larén. Habló en el medio y no al final, y lo hizo constar.

El que Prueba. Nolo, de Solma.

El que Corta. Sanda, de Larén.

El que Reparte. Onso, de Oria.

La Palabra Dada. Terin, de Ansa.

La Ley Vieja. Delma, de Turma.

El Juez. Selmo, de Arca.

El Perdón. El que tomó el nombre de nadie. Dijo el que había tenido antes.

El que Cumple. Sarel, de Nur.

El Testigo. Rodo, de Aris.

El Muerto. Sena, de Arca.

La Sangre. Ansel, de Doro.

La Guerra. Ubar, de Sema.

La Peste. Nira, de Vera.

La Corona. Talvo, de Meda.

El Sordo. Escribió su nombre en la tierra con el dedo y lo borró con el pie, y los que estaban cerca lo leyeron y lo dijeron por él, y así se tomó. Maro segundo, de Larén.


Día tercero

El Nombre. Nadie, de ninguna parte. Dijo eso y no se le preguntó más.

La que Abre. Anela, de Larén.

El que Recuerda por Todos. Danel, del camino del norte.

La Segunda Cara. Rea, de Aris.

El que Vuelve. Odarno, de Vera.

La Guerra Vieja. Sadan, de Sema.

El que Cuenta lo que No Pasó. Meno, de Orma.

La Madre de las Máscaras. Uda, de Oria.


La Tregua. Damo, de Pero.

Lo dijo desde el medio, el día tercero, a media tarde, y fue el único que no tuvo que romper nada para decirlo, porque nadie le explicó nunca esa regla y él la venía diciendo desde el mes primero del año pasado.


El Silencio. Nesta, de Turma.

Es lo único que se le oyó decir. Fue el último y ya era de noche.


De lo contado

Nombres dichos en voz alta en tres días: setenta y uno.

Máscaras presentes que no dijeron nombre: una.

Veces que se rompió la primera ley: setenta y una.

Castigo escrito para eso: ninguno.

Personas que oyeron: no se contaron. Estaban las treinta y una casas de Pero y lo que había en el camino.


Nota del que anota.

No hubo prodigio.

No se apagó el sol, no habló nadie que estuviera muerto, no se curó nadie y no cayó agua. Hacía frío las tres noches y el día segundo hubo viento del norte.

Esta hoja la tengo yo y es la única que hay.


(otra letra)

Al segundo día se paró el viento y el que estaba en el medio no tenía sombra.

(otra letra, y no la misma)

Yo estaba y había viento y había sombra, y aun así era lo que era.

Del cuarto día

Año ochocientos trece de la Casa, día cuarto del mes duodécimo, en Pero.

Una cosa por renglón, y nada más que lo que se sabe.


Al amanecer se levantó, dobló la manta y empezó a caminar hacia el borde del campo, que es lo que hizo en Ubal el cuarto día.

Llevaba la Tregua sobre el pecho todavía, porque los tres días se cumplen al amanecer del cuarto y no antes.

A veinte pasos del borde alguien lo tocó.

Se cayó y no se levantó.


Había setenta y una personas mirando.

Ninguna puede declarar, porque a un enmascarado no se lo interroga.

Se les preguntó igual, porque preguntar no está prohibido, y ninguna contestó.

No consta que ninguna se moviera.


A un enmascarado no se lo toca, y el que lo toca comete de los peores delitos que hay.

A un muerto se lo toca. Se lo lava, se lo levanta y se lo lleva.

Damo, de Pero, estaba declarado muerto desde la caída del sol del día primero, por quien tiene derecho a declararlo y sin que nadie pueda decirle que se equivoca.

De modo que no hubo delito.


Belmar, de la Casa de las Caras, levantó la Tregua del pecho al cuarto día, que es lo que manda la ley y lo que la Casa manda hacer con las máscaras de los muertos.

La levantó con las dos manos y no tocó nada más.

La envolvió en un lienzo de la Casa y se la dio a un hombre de la Casa para llevarla a Arca.

El trapo con que venía atada quedó en el suelo.

Hizo lo que se hace.


«Esto es tuyo desde ahora. No hiciste nada para merecerlo y nadie va a poder quitártelo.»

Nadie se lo quitó.

Se lo quitaron a un muerto.


Se lo lavó con vino esa tarde y lo enterró el que Entierra a los de Nadie, porque no tenía casa.

Se sabe el día. Se sabe el lugar: al borde del campo de arriba, del lado de afuera de la línea que midió la Tierra Medida el día primero.

Vinieron las treinta y una casas de Pero.

Su mujer amasó a la mañana y fue a la tarde.


De la cuarentena: la Peste la levantó el día quinto y la gente empezó a irse el sexto.

Del hijo: se fue a Ansa con su madre en el mes primero del año siguiente.

De la máscara: llegó a Arca el día octavo y se asentó vacante.

De los que la pidieron después: consta que fueron once casas en dos años, y consta que se les dijo que estaba en estudio.


Y esa noche, en Pero, la gente se tapó la cara con lo que tenía.

Los que tenían trapo con trapo, los que tenían madera con madera, y los demás con ceniza del fuego de las casas.

Nadie tuvo nombre esa noche y nadie respondió por lo que hizo.

A la mañana se destaparon y no se habló de eso.

Asiento de la setenta y dos

Escrito en Pero, el día cuarto del mes duodécimo del año ochocientos trece de la Casa, y copiado después en Arca, donde no se aceptó.


Setenta y dos. El Heredero.

Potestad. Designa sucesor para cualquiera de las setenta y dos, por encima del linaje y por encima de la Casa.

Materia. Madera clara sin pintar. Los ojos tallados cerrados. La boca abierta.

Modo. Tercero. Perdida.

En el registro de la Casa, hace más de seiscientos años, con una letra que no es de ninguno de los escribientes que conocemos, hay cuatro palabras:

El Heredero. Se perdió y nadie la buscó.

Y debajo, con otra letra y en otra tinta:

No se perdió.


De la tenencia

De la tenencia de esta máscara no hay una sola línea en seiscientos años, y no la hay porque nadie la asentó, y nadie la asentó porque el que la llevaba era el que asentaba.

Lo que sí hay son las entregas, y están asentadas todas, y están asentadas como traspasos comunes de otras máscaras, con el día y con la firma del copista y sin el nombre de quien eligió.

Las conté yo, y son treinta y dos en seiscientos años.

De esas treinta y dos, siete corresponden a hombres de los que hay memoria pública y de los que se enseña en la Casa que los eligió la Casa.

No se anota aquí cuáles son. Se anota que son siete.


De los que la llevaron

Primero. No consta.

Segundo. No consta.

Tercero. No consta.

Y así seiscientos años.


El de este año. Un copista de la Casa de las Caras, de los que no llevan, que entró joven y firmó y renunció de por vida a tener máscara, y que copió el registro entero muchas veces.

No consta el nombre y no se le preguntó, porque a un enmascarado no se le pregunta el nombre.

Consta que fue uno de los dos copistas de la casa menor que estaban en la sesión de Ansa del año ochocientos doce y que fueron mandados salir antes del punto tercero.

Consta que escribió los tres renglones de la tabla de Turma, porque abrevió como se abrevia en el registro y en ninguna otra parte.

Consta que el caballo venía del norte.

Nadie lo echó de menos en Arca. Iba todos los días y copiaba.


De la entrega

El cuarto día, cuando ya se habían ido los de la Casa y quedaba gente en el campo, se me acercó y me dijo estas palabras:

«Esto es tuyo desde ahora. No hiciste nada para merecerlo y nadie va a poder quitártelo.»

Dije que no.

Me la volvió a dar y no dijo nada, y el que es elegido no puede negarse dos veces, y eso vale también para lo que designa el Heredero, y de eso no hay ley escrita: hay ochocientos años de que nadie pudo.

La tomé.


Le pregunté por qué.

Y dijo lo único que dijo en todo este libro:

—Yo lo escribí mal treinta años. Ahora está bien escrito.

Y se fue caminando y no llevaba nada.


Nadie llevó dos.


Asiento último

Setenta y dos. El Heredero.

Recibida en Pero, el día cuarto del mes duodécimo del año ochocientos trece de la Casa, de manos de quien no dio su nombre y a quien no se le preguntó.

Por el que lleva el Escribiente.

Que dijo que no la primera vez, como dicen todos.


Y al final de todas las copias del registro, sin número y sin nombre, dibujada como un óvalo vacío, está la lisa.

De la lisa no está escrito nada.

De lo que vino después

Esta hoja no es del libro. Va cosida al final, con hilo de otro color, y está en la letra de los que copiaron el libro y no en la del que lo hizo.

El que lo hizo estaba muerto hacía noventa y un años cuando se cosió, y no la pudo raspar.


Nosotros contamos lo que sigue y lo contamos de una en una, como se cuenta lo que importa.


Del libro. Copias que hay hoy: mil doscientas nueve. Ciudades donde hay una: cuarenta y seis. Copias que se quemaron y que sabemos: doscientas ochenta y ocho.

De las mil doscientas nueve, ochocientas cuatro tienen la hoja de cotejo del canto y cuatrocientas cinco no la tienen. No la quitamos nosotros.

De los dos registros. La octava copia está en Arca y se consulta. La séptima está en Arca y no se consulta. Las dos existen y no dicen lo mismo en veintiocho renglones, y esos veintiocho renglones son los que discutimos.

La Casa enseña que la séptima tenía errores de copista.

Nosotros enseñamos que la octava los tiene.

Ninguno de los dos lados puede probar nada, y por eso hay dos.

Del año. El ochocientos doce no está marcado en la madera y no lo estuvo nunca. El ochocientos trece tampoco.

La Casa sigue contando desde la Casa. Nosotros contamos desde Pero.

Este año es el noventa y siete.

De los nombres. La hoja de los setenta y un nombres se copió. La copió el que la tenía, y después la copiamos nosotros, y hoy se lee en voz alta una vez al año y se tarda lo que se tarda.

De los setenta y uno, veintitrés murieron en los once años siguientes.

De esos veintitrés, catorce no murieron de vejez ni de enfermedad.

Eso lo hicimos nosotros y algunos de nosotros, y está escrito aquí porque no lo vamos a borrar.

Y de los catorce, uno no era.

En la copia que llevaban, el nombre estaba escrito con una letra de más y esa letra hace otro nombre, y en esa ciudad había un hombre con ese otro nombre y no llevaba nada.

La copia mala se había hecho de otra copia mala y hoy hay ciento sesenta y una así.

No se pueden juntar y no se pueden corregir, porque el que las tiene no sabe que la suya es la mala.

Al que mataron lo enterró su casa y su casa sigue.

Antes de la hoja, a un enmascarado no se lo podía buscar, porque no tenía nombre y era un oficio. Después de la hoja tuvo nombre y tuvo casa y tuvo madre.

La Casa no volvió a asentar el nombre propio de nadie, y nosotros tampoco pedimos que lo asiente.

De las palabras. Los que no creen dicen que la frase no es la que cantamos, y que la verdadera está en el acta de Ansa y dice otra cosa en el medio.

Nosotros la cantamos como la aprendimos y la escribimos como la cantamos, y está escrita en más puertas de las que ellos pueden contar.

Que cuenten.

De las que quedaron. De las catorce que llegaron a Pero sin que constara quién las eligió, once siguen en las mismas manos o en manos de los hijos de esas manos.

De las once perdidas, ninguna volvió a perderse.

De la Corona. La casa de Meda se acabó en el año undécimo. La Corona pasó a la Casa de las Caras y hoy la elige la Casa.

Desde entonces se coronaron nueve reyes y a cuatro no se fue.

De la Casa de las Caras. Sigue. Está en Arca, es adonde se camina, y en la puerta duerme gente todas las noches del año.

Belmar murió en su cama a los setenta y un años y está enterrado en Arca, y nadie tocó su tumba, y eso también lo hacemos constar.


De los que están en el libro.

Sira, de Pero, que fue de la casa de Oren, murió en Ansa. No se sabe el año. Se sabe el lugar.

Teor, de Ansa, llevó el Contador de Días cuarenta y un años y no marcó ninguno de los dos, y marcó todos los demás, y los marcó más chicos, como se había hecho una vez hacía cuatrocientos años y como está escrito en la madera que no se hace.

Al morir quedaban seis muescas de lugar.

Lira, de Oria, volvió a Oria y llevó el Grano treinta años y lo abrió dos veces más, y las dos veces se sembró al año siguiente.

Rean, de Ubal, terminó la guerra en el vado y volvió, y todos los años decía los nombres en voz alta hasta que no pudo, y después los dijo su hija.

Del hijo del carbonero se sabe que vivió en Ansa, que aprendió a leer, que tuvo hijos y que nunca dijo el nombre que le habían dado.

Del que lleva el Escribiente no se sabe el día ni el lugar.


De la lisa. Contamos los renglones de este libro donde tendría que haber un nombre y no lo hay, y son doce.

La columna de las señas del que Cumple, que nunca se escribió. La tenencia de la setenta y dos, seiscientos años. La línea sin sentencia del año ochocientos doce. El renglón del horno de Pero, cuatro días. Los cuatro que no llegaron el día primero. El nombre que le dieron al hijo. El del que compiló, que lo dijo y no lo escribió. La letra que no es de ningún copista. El de la mujer del asiento nonagésimo séptimo. El que raspó las ocho líneas. La palabra que cambió el carbonero en la segunda lectura. Y el año que no cabía en la madera.

La Casa enseña que la lisa es un dibujo que los copistas hacen al terminar y que no significa nada.

Nosotros enseñamos que la lisa son esos doce, y todos los que hay afuera de este libro.

Ninguno de los dos lados puede probar nada.


(otra letra, y no la misma)

Lo de los catorce es mentira. Fueron cuatro y los otros diez se murieron como se muere todo el mundo.

Y lo de los veintiocho renglones es mentira: son diecinueve, y los conté yo.


(otra letra, y no ninguna de las dos)

Yo copié esta hoja entera, con lo que dice el primero y con lo que dice el segundo, porque así vino y porque no me está permitido cambiar nada, que es lo que dice el libro que hay arriba.

Y anoto lo último, que no está en ninguna de las dos letras y que anoto porque me lo contaron a mí:

Que después de Pero hubo más entregas, y que las hubo en el año veintitrés y en el treinta y uno y en el cuarenta y cuatro, y que de esas no hay hoja.

Y que todavía hay quien dice que se le apareció uno de noche en el camino y le dijo aquellas palabras.

Y que casi siempre miente.

Y no siempre.