Acta de la sesión tenida en Ansa
Año ochocientos doce de la Casa, a nueve días de la muerte de Ilder, que llevó la Tregua.
Presentes: Ura, que preside. Belmar. Tesa. Dos copistas de la casa menor, mandados salir antes del punto tercero. Y el que esto anota, que fue llamado a las cuatro de la tarde y no supo para qué hasta que entró.
La sesión se tuvo con las puertas cerradas y sin aviso previo, cosa que en ochocientos doce años se hizo catorce veces.
Se hace constar que esta acta no se encargó a los copistas de la Casa sino al que lleva el Escribiente, que no es de la Casa y no puede cambiar una palabra, porque de esta sesión va a pedirse cuenta.
Primero. De lo que se fue a buscar.
Ilder, de la casa de Ansa, que llevó la Tregua treinta y un años, murió el primer día de este mes, de vejez y en su cama, con sus dos hijos presentes.
Los dos hijos entraron en la Casa hace veintiséis y veintidós años, y son de los que no llevan, porque el que entra en la Casa firma de por vida que no llevará ninguna, y eso no se deshace. Por eso ninguno de los dos puede tomar la máscara de su padre. Ninguno de los dos fue citado a esta sesión.
El linaje pasa entonces al nieto mayor, Teor, de diecinueve años, que es el único de la casa de Ansa en condiciones de tomarla, y que estaba avisado y esperando desde el día de la muerte.
Se mandó a Tesa a asistir al lavado y a custodiar la máscara los tres días que manda la ley, y a traerla al cuarto.
Tesa llegó a la casa de Ansa a la mañana del segundo día.
La Tregua no estaba.
Segundo. De lo que declaró la familia.
Declaran los dos hijos de Ilder, por separado y sin haberse hablado, y las dos declaraciones coinciden en todo salvo en la hora.
Que su padre murió de noche. Que lo velaron. Que a la mañana siguiente, antes de que saliera el sol, se presentó en la casa un hombre a caballo que dijo venir por la máscara.
Que ese hombre llevaba máscara puesta, y por eso lo dejaron entrar y por eso no lo tocaron ni le preguntaron el nombre, que es lo que corresponde.
Que estuvo dentro el tiempo de contar hasta cien. Que la máscara estaba sobre el pecho de su padre, porque era el segundo de los tres días, y que el hombre la levantó de ahí delante de ellos. Que salió con la Tregua en las manos, sin envolverla. Que montó y se fue por el camino del sur.
Preguntados si la Casa lo había mandado, declaran los dos que saben que la Casa no manda a un enmascarado a recoger una máscara, y que sabían que faltaban dos días para el cuarto, y que igual no lo tocaron ni le preguntaron el nombre, porque no se puede.
Declara el mayor que le dijo, cuando ya estaba montado, que aquello no se hacía.
Declara que el hombre le contestó que tenía razón.
No cometieron falta. La ley no obliga a preguntar y prohíbe tocar.
Y una máscara se levantó del pecho de un muerto al segundo día de los tres, y no consta que eso se haya hecho nunca.
Tercero. De lo que se encontró después.
A los seis días, en la aldea de Pero, a media jornada al sur de Ansa, un hombre llamado Damo, de oficio carbonero, cuarenta y cuatro años, casado, sin tierra, apareció con la Tregua puesta.
Fue traído por dos hombres de la casa de Ansa, que declaran haberlo encontrado sentado a la puerta de su casa, con la máscara puesta y las manos sobre las rodillas, y que no opuso resistencia y que lo primero que dijo fue: "¿Vienen ustedes a explicarme?"
No se le pudo tomar declaración con la máscara puesta, porque no se puede obligar a un enmascarado a quitársela, y aquí se hace constar que Belmar propuso obligarlo y que la presidencia lo impidió, y que el que anota lo escribe porque se dijo delante de siete personas.
Se le tomó declaración con la máscara puesta.
Cuarto. De lo que declaró Damo.
Que hace once días, de noche, se le presentó en el camino un hombre a caballo.
Que ese hombre llevaba máscara y que él nunca había visto una de cerca en su vida.
Que le preguntó si era Damo, hijo de Sana, de Pero, y que él dijo que sí.
Preguntado si le vio las manos, declara que sí, porque el hombre le puso la máscara en las manos, y que las tenía manchadas de negro en tres dedos de la derecha, y que él pensó que era carbón como el suyo, y que no era, porque el carbón se pasa a lo que se toca y aquello no se pasó a la madera.
Que el hombre bajó del caballo, le puso la Tregua en las manos y le dijo estas palabras, que él repite y que la presidencia le hizo repetir cuatro veces sin que cambiara ninguna:
"Esto es tuyo desde ahora. No hiciste nada para merecerlo y nadie va a poder quitártelo."
Que él preguntó qué tenía que hacer, y que el hombre le contestó que lo que hacía la Tregua ya lo sabía todo el mundo, y que lo iba a aprender igual que lo aprendieron los otros.
Que le preguntó quién era.
Y que el hombre no contestó, y montó, y se fue por donde había venido.
Preguntado Damo si sabe lo que es la Tregua, declara que sí, que la conoce como la conoce cualquiera: que puede detener una guerra y que nadie puede negarle tres días.
Preguntado si sabe que la Tregua es de linaje y que pertenece a la casa de Ansa desde hace cuatrocientos años, declara que ahora sí, que se lo acaban de decir esta mañana.
Preguntado por qué no la devolvió, declara: "¿A quién?"
Quinto. De la máscara del desconocido.
Se le pidió a Damo que describiera la máscara del hombre del camino, y lo mismo se les pidió a los dos hijos de Ilder, por separado, y las tres descripciones coinciden:
Madera clara, sin pintar. Los ojos tallados cerrados. La boca abierta.
Se buscó en el registro una máscara con esos rasgos.
Ninguna de las sesenta y una que están en uso o vacantes corresponde a esa descripción.
En el tercer modo, entre las once que se dan por perdidas, hay una sola línea que corresponde, y es la setenta y dos.
Sexto. De lo que no puede hacerse.
Se discutió largo y se deja constancia, porque la casa de Ansa va a preguntar y hay que tener qué contestarle.
No puede quitársele la máscara. No por piedad: porque el día en que la Casa le arranque una máscara a un hombre, quedará dicho delante de todos que una máscara se arranca. Y si se arranca, mañana se le arranca al Juez, y al Grano, y a la Corona. Sostenemos setenta y dos objetos con una sola cosa, y esa cosa es que nadie los toca.
No puede juzgársele. No hay delito. No robó, porque se la dieron. No mintió, porque tres declaraciones separadas coinciden con la suya. Y aunque hubiera delito, no hay tribunal: a un enmascarado no lo juzga la justicia de las ciudades, y entre máscaras no hay quién juzgue a quién.
No puede desmentírsele. Para decir públicamente que ese traspaso es falso habría que decir públicamente por qué, y decir por qué es decirle al mundo que hay alguien repartiendo máscaras.
Se hace constar que Belmar preguntó entonces qué es lo que sí puede hacerse, y que nadie contestó durante un rato largo, y que la presidencia dijo al fin que se puede esperar.
Séptimo. De lo resuelto.
Se resolvió, por dos votos contra uno:
Que no se haga público nada de lo aquí tratado.
Que se le diga a la casa de Ansa que el traspaso está en estudio y que la máscara será recuperada.
Que a Teor de Ansa no se le diga nada que no se le diga a su casa.
Que Damo quede en Ansa, alojado y vigilado, sin impedirle salir, porque impedírselo sería tocarlo.
Que se manden hombres al camino del sur.
Y que se busque en las bocas de atrás del registro todo lo que haya sobre la setenta y dos, cosa que se me encargó a mí.
Nota del que anota.
Se me encargó buscar y busqué esa misma noche.
El tomo de las bocas de atrás se guarda cerrado y hay que pedirlo, y el que lo pide firma. Firmé.
Arriba de mi firma había otra, de nueve días antes, y era de un copista, y los copistas no firman para pedir lo que copian todos los días. Lo anoto porque estaba escrito y porque copio lo que está.
Sobre la setenta y dos hay en el registro cuatro palabras, escritas hace más de seiscientos años, con una letra que no es la de ninguno de los escribientes que conocemos, y que dicen:
El Heredero. Se perdió y nadie la buscó.
Y debajo, en el margen, con otra letra y en otra tinta, alguien agregó en algún momento de estos seiscientos años una línea más, que no estaba cuando se copió el registro por última vez y que yo no puedo borrar, porque no me está permitido cambiar nada:
No se perdió.