Esteban Diaczun

Libreta · · cine

Ir al cine

De chico iba al cine cada cinco meses, quizás más. Me acuerdo de la ilusión.

Y de lo demás: la felicidad, que olía a pochoclos. La caminata por el pasillo, que era inmenso. Las butacas enormes, que te abrazaban. La pantalla y mi asombro ante ella. El sonido ensordecedor. Y, antes o después, una hamburguesa.

Para mí era todo un suceso. Para mi mamá era un gasto enorme. Yo no sabía cuánto.

Todavía me gusta ver las publicidades: anuncian que la cosa está por empezar y forman parte del ritual.

Heráclito decía que nadie se baña dos veces en el mismo río, porque cambia el río y cambia uno. El cine es distinto. Vuelvo y, por un rato, soy exactamente el mismo que te contaba.

Con una diferencia: ahora la llevo yo a ella.

El mismo cine. Los mismos pochoclos. El mismo olor. La misma hamburguesa.

Solo que ahora pago yo.

No sé si hay algo que me haga más feliz.